Tarde de lecturas, (2008) xilografía de Marinés Tapia Vera, 1er premio de Grabado del LIII Salón de Artes Plásticas Manuel Belgrano

El rastreador

El rastreador recorre bibliotecas concretas y virtuales buscando esos textos que alguna vez tenemos que leer.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Piedra negra sobre una piedra blanca

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París —y no me corro—
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

domingo, 16 de septiembre de 2012

El imaginaria



El imaginaria camina entre las sombras que proyecta la doble hilera de camas ergarzadas unas sobre otras, va y viene por los pasillos, avanza entre las cabeceras de fierro con barrotes que parecen rejas y los cofres, que andá a saber por qué se los llama cofres si son armarios sin puertas adosados a las paredes laterales de la cuadra, con los estantes al descubierto, mostrando apiladas, en orden, las cosas de cada soldado. La noche es el momento propicio para reponer la caramañola que te desapareció. La noche es también el momento del descanso, pero se diría que se asemeja más a una tregua en la que quizá puede recuperarse el cuerpo pero no el alma. Porque al dormirte sos succionado por ese sueño laberíntico y pantanoso que repite las penurias del día. Te deslizás resbalando en ese abismo, cayendo y cayendo, con el vértigo secándote la lengua, sin poder agarrarte de nada. A veces, el imaginaria se frena y mira entre los barrotes de una cama a un soldado, que, como vos, ahoga el grito de la pesadilla. A veces, espía el jadeo y el sube y baja de un cuerpo bajo las frazadas. A veces se regocija cortándole la paja a alguno. A veces, se acerca a un insomne y se parapeta conversando con él en voz muy baja, y cuanto más baja más se escucha en el silencio, se pasan el cigarrillo, y la brasa es una luciérnaga roja que se aviva, en la penumbra, con cada pitada.
    El mejor turno de imaginaria es el primero. Después, le pegás al sueño de corrido. El último tampoco es malo. Sólo que después tenés que aguantar todo el día cabeceando, con los párpados que se te cierran, el cansancio pesándote en los reflejos y en la espalda. El peor turno es el penúltimo. Te corta la noche Y cuesta después volver a dormirse. Apenas cerraste los ojos, el silbato a diana te astilla el cerebro. Te incorporás en cámara lenta. Y todo el día será la antesala gomosa de esos milagrosos minutos en que vas a poder tirarte a descansar lejos del alcance de las órdenes. Trabajés en el taller de mantenimiento, en un depósito o en una oficina, vas a estar a la caza de esos minutos en los que te vas a tirar en el piso, o sentado vas a cruzar los brazos sobre las rodillas encogidas, apoyando la frente afiebrada para recobrar los fragmentos del sueño perdido en la noche. Si aprovechás esos paréntesis, bastan unos minutos de sueño para sentir, cuando te despertás, que te cambió momentáneamente la sangre.
    Pero si hay una imaginaria que todos quieren escabullir es la imaginaria en las muleras. Te subís las solapas del capote, te abrochás las orejeras del pasamontaña bajo la mandíbula y, con las manos congeladas en los bolsillos, atravesás el regimiento envuelto en la luz fantasmal de la nieve y trepás la escarpa hacia los establos. Hay cerca de ochenta mulas en cada establo. Están separadas por una larga división de madera con comederos a ambos lados. Una sola lamparita, en la entrada, queda encendida toda la noche. Todavía perdura en tu boca pastosa la saliva caliente del sueño. Pero no podés aflojar a la tentación de acurrucarte sobre unos fardos. En la tiniebla del establo, te encaramás por encima de los comederos y, con la ayuda de un palo, desparramás unos golpes sin ganas sobre los lomos inquietos. Si una mula se cae, las otras la patean. Una mula muerta es señal de que te dormiste en tu turno de imaginaria. Además, pensá, primero te van a masacrar en un baile, después te vas a comer el calabozo. Y, cuando salgas, seguirán las complicaciones de un sumario, te pondrán la mula a cargo y hasta que no terminen de descontártela del sueldo que nunca cobrás no te van a largar de baja. Te despabilás, descargás la bronca con el palo golpeando aquí y allá cuellos y ancas. Eso sí, no pierdas el equilibrio, no trastabilles. "Sooooo". Y otro palazo.
    Ahora el imaginaria de la cuadra se repliega en el fondo del galpón y, desde ese ángulo, contempla la perspectiva de patas y barrotes metálicos. La doble hilera de camas, con sus líneas verticales, imita una avenida tenebrosa con jaulas en vez de casas. Al imaginaria le sugiere el corredor de un penal. Escucha el silencio. Es una marea sorda y densa que anega sus oídos. A medida que camina por la cuadra pasa junto al rumor de una respiración acatarrada, un ronquido, un lamento, una tos. El imaginaria es una sombra entre las sombras. Puede estar a los pies de tu cama o en el otro extremo de la cuadra. Su olor es el tuyo, así como el olor de los otros es también tu olor. Un vaho tibio en el que se confunden sudores, alientos, flatulencias y poluciones. La tela áspera de la bolsa de rancho tiene el mismo olor nauseabundo que las frazadas. El mismo olor tiene tu camiseta que tu almohada. Y el mismo olor rancio exhalan los borceguíes cuando te los sacás. Afuera nieva. Y mientras siga nevando, ni miras de bañarse. Ya perdiste la cuenta del tiempo que llevás sin bañarte. Por lo menos, un mes y pico. Toda la higiene de la compañía se circunscribe a enjuagarse caras y manos con agua helada en los piletones. Los calzoncillos largos se paran solos de la mugre que tienen. Alrededor de las braguetas, la frisa vacila entre el ocre y el marrón. A algunos, la roña se le ha vuelto un musgo blanquecino alrededor del glande. Pero, cuando viene la noche, el agotamiento puede más que la mugre y los piojos. Nadie se gasta en rascarse. Los cuerpos se abandonan extenuados y comienzan a bracear en el barro cálido del sueño. En las sombras, la sombra del imaginaria revisa un cofre y saca algo.
    –¿Qué hacés, loco?–murmura un soldado, detrás, en una de las camas de abajo.
    –Me pareció que había una rata.
    –Si me llega a faltar algo mañana te rompo el culo.
    El imaginaria debe estar alerta y velar por el descanso de sus camaradas. Mis camaradas, piensa. Y se pregunta qué tiene él en común con el polaco Wasilevsky, ese al que nadie pasa ni cinco de bola porque estuvo preso por robo y estupro, básicamente, por la violación. O con el Topo, que traficaba cocaína en Monte Grande. O con Almirón, ese peón de estancia que se coje una oveja con la misma satisfacción que te rompe las falanges en una pulseada. Al caminar entre las camas, entre los cuerpos entregados al letargo, el imaginaria se demora en cada cama, constata quién duerme arriba y quién duerme abajo y se acuerda de sus nombres, de los datos que cada uno suministra sobre su historia y, comprueba de pronto que está solo en la noche, solo en el mundo, librado a su suerte y a la lucidez precaria del insomne. Por un instante, estar despierto le confiere una cierta superioridad. Es un pariente de Dios auscultando estos destinos entregados a sus sueños. Este poder es efímero. Y no le atenúa sentirse más solo que nadie en la tierra. Sus pensamientos se contagian de una melancolía punzante. Puede sentirla anudándole la garganta. Tiene un vacío en el estómago. Puede ser desesperación. Pero también es probable que sea hambre.
    Durante un rato se queda quieto, atisbando, hundido en sus ideas. Pero ahora vuelve a caminar, sigiloso. Porque el imaginaria, además de velar por el descanso de sus camaradas, tiene que registrar cualquier novedad e informarla. Pero no habrá ninguna novedad. A ningún soldado le conviene que se produzca una novedad en su imaginaria. De modo que sigue deslizándose entre las sombras con la cautela nerviosa de un gato, estudiando la oportunidad para conseguir antes del fin de su turno, ese cuchillo que le desapareció.

martes, 4 de septiembre de 2012

Poderoso caballero es don Dinero


Madre, yo al oro me humillo, 
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Son sus padres principales,
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
Al rico y al pordiosero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

¿A quién no le maravilla
Ver en su gloria, sin tasa,
Que es lo más ruin de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Mas pues que su fuerza humilla
Al cobarde y al guerrero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Es tanta su majestad,
Aunque son sus duelos hartos,
Que aun con estar hecho cuartos
No pierde su calidad.
Pero pues da autoridad
Al gañán y al jornalero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La Atlántida


Cuando aquella vasta isla que los antiguos llamaban Atlántida comenzó a hundirse en el océano, los más sagaces de sus habitantes decidieron embarcarse y mudarse a otro continente. Lamentablemente sus barcos eran pequeños y bastó una sola tempestad para tragarse a todos los emigrantes. Pero la gran mayoría de los atlánticos se habían quedado en la isla; de hecho, todas las profecías preveían un gradual relevamiento del nivel de las tierras, y los isleños, como sucede a menudo, creían más en las profecías que en la realidad de lo que veían con los ojos y tocaban con la mano. Por eso, inundadas las llanuras costeras y amenazadas por las olas las primeras colinas, los periódicos atlánticos continuaban alentando a la población: "Hemos tenido una nueva confirmación, venida de las más altas esferas científicas de la isla, de que está prevista la progresiva elevación de la plataforma continental atlántica, cuyo movimiento parece haber sido tan repentino que ha arrastrado consigo las aguas del océano; esto explica el hecho de que éstas hayan alcanzado en algunas localidades un nivel falsamente preocupante. En la espera del retorno, sin duda inminente de las aguas geológicamente impelidas, los habitantes y animales sobrevivientes se han refugiado en las montañas que rodean a la capital. El gobierno ha tomado las medidas apropiadas para evitar este temporario peligro, mediante oportunos diques y barreras, mientras los sacerdotes amorosamente se ocupan de bendecir los restos flotantes".
Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: "Valor, excelencia, lo peor ya pasó".

lunes, 30 de julio de 2012

La dieta de la pitón


Se asomó entre las rejas y preguntó qué pasaba. El tipo de adentro se arrimó y dijo:
–Está cerrado.
–Ya veo. ¿Qué pasó?
El de adentro enarcó las cejas:
– ¿No leyó el diario? La pitón. Palmó la pitón.
–Uh... ¿Cómo fue?
–Los pendejos, ayer. Les tiran cualquier cosa a los animales. Un descontrol. Siempre, durante las vacaciones de invierno, pasa algo así. El año pasado, la jirafa grande terminó con esguince de rodilla: un palazo.
–Qué animales. Habría que enjaularlos a ellos.
–Es lo que yo digo.
– ¿Y con la víbora qué pasó?
–Se comió un guante de lana que le tiraron. Le cayó mal.
–Pero si esos bichos se comen ovejas enteras, con lana y todo.
–¿De dónde sacó eso?
–De El principito. ¿Se acuerda del dibujo?
El de adentro hizo un gesto desdeñoso:
–Era otro ofidio. La pitón es una serpiente fina, no le come cualquier cosa. Es asiática, y se alimenta nada más que con unos ratoncitos de Singapur, de los que hay allá.
–Como los panda.
–Son herbívoros los panda.
–Digo que los panda sólo comen bambú. Si no tenés bambú, cagaste, no podés tener pandas.
–Son importados.
– ¿Qué cosa?
–Los ratoncitos que le digo. Carísimos. Y ahora más.
– ¿Los traen de allá?
–Traían, pero cerraron la importación, con este hijo de puta de Moreno y las restricciones a la salida de divisas... Le empezaron a dar cuises.
– ¿Cuises?
El de adentro asintió con un gesto de desaprobación:
–Dicen que es lo mismo. “Sustitución de importaciones”, dicen. Pero así el bicho se desorienta con la dieta y terminan pasando estas cosas. Cuando estaba el Ruso acá esto no pasaba.
– ¿Qué Ruso?
–El que puso el Turco.
–Ah, sí... ¿Pero ése qué sabía de animales?
–Por lo menos de gatos sabía.
Festejaron levemente los dos.
–Ahora... no entiendo –dijo el de afuera, como en confianza–. ¿Acá cada vez que se les muere un bicho de mierda cierran por duelo?
–No. En realidad hay paro de personal porque quisieron sancionar al cuidador del serpentario. Acá hacen huelga por cualquier boludez: ahora piden más gente. Un cuidador cada tres animales. Son tremendos los municipales.
–Así estamos. Prisioneros de los gremios.
–El año pasado, durante la toma del zoológico, se comieron un par de maras, esas que ve ahí, las liebres patagónicas. Se hicieron un asado. Una vergüenza.
–Y nadie hace nada.
–Qué van a hacer.
–Cada dos por tres cortan la calle.
–Flor de quilombo cortar acá, en Plaza Italia.
–No. Adentro, que es peor. Por ejemplo, te cortan la principal y el sendero que va a la parte de los monos o el elefante, que es lo que la gente más viene a ver.
–Y aprovechan los fines de semana, seguro, cuando viene más público.
–Claro. Ahora, con lo de la pitón, va a ser otro asunto de nunca acabar.
– ¿Por?
–La burocracia. Están los de Sanidad Animal, los de la Sociedad Protectora de Animales que rompen las bolas. Hubo que hacer una autopsia. Un animal occiso en circunstancias irregulares genera mucho papeleo. El caso está caratulado como “muerte de ofidio por ingestión de objeto extraño”.
–¿Y qué hicieron con la pitón?
–La abrieron y le sacaron el guante. Es de mujer, de colores, de esos sin dedos. Y hay quien pide hacer una prueba de ADN.
–¿Para?
–Identificar al o a la responsable.
–¿Y qué le pueden hacer?
–No es un delito, aunque creo que debería. Es una contravención, una violación del código de faltas, y seguro que le cabe una buena multa, e incluso se le puede prohibir la entrada por un mínimo de seis meses y un máximo de tres años.
–Está bien.
–Claro que sí. A propósito, y ya que lo nombró: ¿sabe quién es el autor de El principito?
–Saint-Exupéry.
–No. Es Maquiavelito.
–Ah... Qué chiste más tonto...
–Je.
El de adentro se alejó unos pasos y el otro lo detuvo:
–Oiga, ¿y usted qué hace?
–Nada, estoy acá todo el día.
– ¿Y no se aburre?
–Bastante. Suerte que cada tanto cae algún boludo que no sabe que el zoológico no abre los lunes.

sábado, 28 de julio de 2012

El lobo


Nunca en las montañas francesas había habido un invierno tan terriblemente frío y largo. Hacía semanas que el aire se mantenía claro, áspero y helado. Durante el día, los grandes campos de nieve de un blanco mate yacían inclinados e interminables bajo el cielo estridentemente azul; de noche pasaba por encima de ellos; una luna gélida, de un brillo amarillento, la personificación misma de la helada. Los hombres evitaban todos los caminos y sobre todo, las alturas; apáticos y llenos de maldiciones, permanecían en las cabañas de sus aldeas, cuyas ventanas, enrojecidas, brillaban y se extinguían junto a la luz de la luna.
Eran tiempos difíciles para los animales de la región. Los más pequeños perecían helados en gran cantidad; también los pájaros sucumbían a la helada, y los flacos cadáveres servían de botín a los azores y a los lobos. Pero también éstos pasaban tremendas penalidades a causa del frío y el hambre.  Sólo unas pocas familias de lobos habitaban el lugar, y la necesidad los empujó a estrechar los vínculos. Se pasaron días andando solos. Aquí y allá, uno de ellos avanzaba por la nieve, flaco, hambriento y al acecho, silencioso y esquivo como un fantasma. Su delgada sombra se deslizaba junto a él por la nevada superficie. Tendía al viento, husmeando, su hocico puntiagudo, y dejaba oír
de vez en cuando un aullido seco y atormentado. Pero por la noche se juntaban todos y rodeaban las aldeas con roncos aullidos. En ellas, el ganado y las aves de corral estaban a buen recaudo, y, tras los sólidos postigos, había
carabinas apoyadas en la pared. Pocas veces obtenían un pequeño botín, por ejemplo, un perro, y habían sido ya abatidos dos miembros de la manada.
El frío persistía. A menudo, los lobos yacían juntos, silenciosos y ensimismados, dándose calor unos a otros, y acechaban ansiosos el yermo sin vida, hasta que uno, atormentado por los crueles martirios del hambre, saltaba de pronto con tremendos aullidos. Los demás volvían entonces sus hocicos hacia él y estallaban todos juntos en un alarido terrible, amenazador y plañidero.
Finalmente, la parte más pequeña de la manada se decidió a emigrar. De madrugada, abandonaron sus guaridas, se reunieron y, llenos de miedo y excitación, husmearon el aire helado. Luego partieron con un trote rápido y regular. Los que se quedaban los siguieron con unos ojos muy abiertos y vidriosos, trotaron tras ellos algunas decenas de pasos, se detuvieron indecisos y desconcertados, y regresaron lentamente a las guaridas vacías.
Los emigrantes se separaron al llegar el mediodía. Tres de ellos se dirigieron al Este, hacia el Jura suizo, y los demás continuaron hacia el Sur. Los tres primeros eran unos animales hermosos y fuertes, pero terriblemente enflaquecidos. El vientre estrecho y de color claro era delgado como una correa; las costillas sobresalían de un modo lamentable; las fauces estaban secas, y los ojos, abiertos y desesperados.
Los tres penetraron juntos en el Jura, y al segundo día cazaron un carnero; al tercer día, un perro y un potro; pero se vieron acosados furiosamente por todas partes por la población campesina. En la comarca, abundante en pueblecitos y pequeñas ciudades, cundió el pánico ante aquellos intrusos inesperados.
Los trineos del correo fueron armados, y nadie podía ir de un pueblo a otro sin fusil. En la región desconocida, después de un botín tan bueno, los tres animales se sentían a la vez cómodos y amedrentados; se volvieron más temerarios que nunca y penetraron en pleno día en el establo de una hacienda. Bramidos de vacas, de caballos y jadeos anhelantes llenaron el espacio cálido y angosto. Pero esta vez hubo gente que intervino. Se puso precio a los lobos y esto redobló el valor de los campesinos. Dos de ellos sucumbieron; uno con el cuello atravesado por una bala de un fúsil; el otro, abatido a hachazos.
El tercero escapó y corrió hasta caer medio muerto en la nieve. Era el más joven y hermoso de los lobos, una bestia orgullosa, de enorme fuerza y formas esbeltas. Permaneció largo tiempo jadeante en el suelo. Círculos de un rojo sangriento flotaban en remolino ante sus ojos, y de vez en cuando lanzaba un doloroso gemido sibilante. Un hachazo le había alcanzado el lomo. Pero se recuperó y pudo volver a levantarse. Sólo entonces se dio cuenta de lo mucho que se había alejado. No se veían seres humanos ni edificios por parte alguna.
Muy cerca se alzaba una gran montaña cubierta de nieve. Era el Chasseral. Decidió rodearla. Como le atormentaba la sed arrancó pequeños bocados de la dura costra helada de la nevada superficie.
Al otro lado de la montaña se encontró en seguida con una aldea. Caía la noche Esperó en un espeso bosque de abetos. Después se deslizó con precaución alrededor de los vallados, siguiendo el olor a establos calientes.
No había nadie en la calle. Con temor y codicia, anduvo parpadeando por entre las casas. Sonó un disparo. Levantaba la cabeza y tomaba impulso para echar a correr, cuando estalló un segundo disparo. Le había alcanzado. Su vientre blanquecino aparecía manchado de sangre en uno de los flancos, y la sangre caía en gruesas gotas persistentes. No obstante, consiguió escapar a grandes saltos y alcanzar el bosque del otro lado de la montaña. Allí esperó unos instantes al acecho y oyó voces levantó los ojos hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y de
difícil ascenso. Pero no había otra alternativa. Jadeante, abajo, una confusión de blasfemias, órdenes y luces de linternas se extendía a lo largo de la montaña. El lobo herido se enfilaba tembloroso a través del bosque de abetos en la penumbra, mientras la sangre parduzca iba goteando lentamente de su flanco.
El frío había disminuido. Al Oeste, el cielo aparecía vaporoso y parecía anunciar una nevada.
Al fin, el agotado animal llegó a la cumbre. Estaba sobre una gran extensión nevada, ligeramente inclinada, cerca del Mont Crosin, muy por encima de la aldea de la que había escapado. No tenía hambre, pero sentía un dolor persistente y apagado que le venía de la herida. Un ladrido ronco y enfermizo salía de su hocico colgante; el corazón le palpitaba de un modo pesado y doloroso, y sentía la mano de la muerte oprimiéndole como una carga indeciblemente díficil de soportar. Le atraía un abeto de ancho ramaje, separado de los demás. Allí se sentó y dirigió una mirada turbia a la terrible noche nevada.
Pasó media hora. Entonces cayó sobre la nieve una luz de un rojo tenue, suave, extraña.
El lobo se incorporó con un gemido y volvió la hermosa cabeza hacia la luz. Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el Sureste y se alzaba lentamente en el cielo turbio. Hacía muchas semanas que no había sido tan grande y roja. Los ojos del animal agonizante se clavaban tristemente en el opaco disco lunar, y nuevamente un débil aullido resonó con un estertor, sordo y doloroso, en la noche.
Se aproximaron pasos y luces. Campesinos embutidos en gruesos capotes, cazadores y jóvenes con gorros de piel y pesadas polainas, venían pisando la nieve. Sonaron gritos de júbilo. Habían descubierto el lobo moribundo; dispararon contra él dos tiros, que no dieron en el blanco. Luego vieron que se estaba muriendo, y cayeron sobre él con palos y estacas. Pero él ya no sentía nada.
Con los miembros destrozados, lo bajaron arrastrándole hasta St. Immer. Reían, se ufanaban, se prometían unos buenos vasos de aguardiente y café, cantaban, renegaban. Ninguno de ellos veía la belleza del bosque nevado,
ni el brillo de las cumbres, ni la luna roja que flotaba sobre el Chasseral  y cuya luz tenue se reflejaba en los cañones de sus fusiles, en los cristales de la nieve y en los ojos vidriosos del lobo muerto. 

miércoles, 25 de julio de 2012

Domingo

Abrió la heladera. Observó que había comida y bebidas, al menos para pasar esa noche.
Después miró a su alrededor, la única habitación completamente en desorden. Sabía que quedaba un poco de coca, y marihuana en la cigarrera de metal. Serviría para dormir, cuando llegara el momento.
Tenía  también asuntos pendientes en los que podría pensar, un par de libros en los anaqueles, y varias películas para elegir. Y sus discos de jazz y de Leonard Cohen, y hasta una mujer, supuso, si quisiera tenerla. Era cuestión de una llamada.
Pensó que no debería preocuparse tanto. Después de todo, sólo era un domingo más.
Luego volvió a cerrar la ventana, abandonando la idea de tirarse.