Un pequeño kamikaze
golpea la ventana tratando de entrar.
Posiblemente el frío matinal
lo despertó de la juerga calurosa
de la noche -nosotros mismos
tuvimos que cerrar las ventanas
y correr a taparnos por el temporal-
y ahora (un poco más punk
que el albatros de Baudelaire)
renuncia, aturdido,
a su inasible elegancia.
El rastreador
domingo, 19 de junio de 2011
El moscardón
sábado, 28 de mayo de 2011
La revolución es un sueño eterno (fragmento)
¿Qué juré yo, y a quien, ese 25 de mayo oscuro y ventoso, de rodillas, la mano derecha sobre el hombro de Saavedra?
¿Juré, ese día oscuro y ventoso, que galoparía desde Buenos Aires hasta una serranía cordobesa, al frente de una partida de hombres furiosos y callados, y que desmontaría, cubierto de polvo, esa mañana helada como el infierno, con el intolerable presentimiento de que habíamos irrumpido, demasiado temprano, en el escenario de la historia, y miraría, sin embargo, a Liniers, envueltos él y yo en una niebla helada como el infierno, y le escucharía, de pie, arrogante, reír e insultarme, y escucharía, en una niebla helada como el infierno, a los hombres que me acompañaron desde Buenos Aires, furiosos y callados, amartillar sus fusiles, y me vería a mí mismo, cubierto de polvo en una niebla helada como el infierno, encender un cigarro, decir dénles aguardiente, y dar la espalda a Liniers que, de pie, arrogante, se reía y me insultaba, e insultaba a los que, con él, se alzaron contra la Revolución, y que en
esa mañana helada como el infierno, suplicaban, babeándose, moqueando, volteando lo que no tenían en las tripas, que no los mataran?
¿Juré que no vería, furioso y callado, yo, a quien se llamó el orador de la revolución, a las partidas de perros negros, que devoran a los indios que escapan de las minas de oro, de sal, de plata; juré que no escucharía el murmullo que viene de las minas de oro, de sal, de plata, de las cocinas y galerías de los señores del Norte, ese murmullo opaco y fascinado que se desprende de bocas raídas por una vejez prematura, de una carne expiatoria y condenada al
saqueo y al infinito silencio de Dios, y que dibuja el aullido del perro negro, como se dibujan los mitos, y detrás, tenaz e inaccesible como los mitos, al patrón de la bestia y del infinito silencio de Dios, y también la carne sacrificada, rasgada, herida, por los colmillos insaciables; juré que yo no vería, yo que tuve un corazón docilísimo, los potros del tormento, y los caballos despanzurradores, y a las damas que, de pie en altos balcones de ciudades de piedra, tomaban chocolate en cónicas tazas de plata, y apreciaban la hermosa musculatura de los caballos despanzurradores, a cuyas cinchas, monturas, estribos, estaban atadas las manos y los tobillos de subversivos del orden público, según escribió José Manuel Goyeneche, sudamericano, grande de España, y que morirá en olor de santidad, para que los patrones de los perros negros no olviden, jamás, la filiación de los que se sublevan contra el saqueo?
¿Juré yo, de rodillas, la mano derecha en el hombro derecho de Saavedra, que no vería las partidas de perros negros, los potros del tormento, el acabado perfecto de la musculatura de los caballos despanzurradores, y que si mis ojos llegaban a ver las partidas de perros negros, los potros del tormento, el acabado perfecto de la musculatura de los caballos despanzurradores, mi corazón, que fue docilísimo, con la misma levedad que los filósofos provincianos exponen la inconsistencia del mundo, borraría, de los ojos que vieron, a la partida de perros negros, los potros del tormento, el acabado perfecto de la musculatura de los caballos despanzurradores, y la apreciación, por las damas –madres, esposas, hijas, hermanas, mantenidas, de los dueños de los perros negros–, del acabado perfecto de la musculatura de los caballos despanzurradores, mientras tomaban chocolate, de pie en altos balcones de piedra, apreciación que incluía el rápido, cada vez más rápido, cada vez más rápido paso de los caballos despanzurradores, de cabezas finas, uno hacia el Norte, uno hacia el Sur, uno hacia el Este, uno hacia el Oeste, llevándose, cada caballo despanzurrador, de cabeza fina, ojos desorbitados y lomo sudoroso, uno hacia el Norte, uno hacia el Sur, uno hacia el Este, uno hacia el Oeste, un pedazo de hueso y carne del subversivo del orden público atado a la cincha, la montura, el estribo?
¿Juré, en un día oscuro y ventoso de mayo que, al igual que Vieytes y Ocampo, según leí en una carta de Moreno, que respetaron los galones de los dueños de los perros negros, cagándose en las estrechísimas órdenes de la Junta, me cagaría, yo, enviado de la Junta en el ejército del Alto Perú, en las estrechísimas órdenes de la Junta, y predicaría la reconciliación con los dueños de los perros negros, o juré que, absorto, poseído, me tocaría los ojos, la boca, las mejillas, como un actor que, en el escenario, va más lejos de lo que representa, más lejos que su propia sombra, y absorto, poseído, furioso y callado, firmaría la orden de muerte para el mariscal Nieto, para el gobernador Sanz, para el capitán de marina José de la Córdova, para todos esos ondeadores de banderas negras y calaveras y tibias en las banderas negras?
¿Juré, de rodillas en la sala capitular del Cabildo, que no iría más lejos que mi propia sombra, que nunca diría ellos o nosotros?
Juré que la Revolución no sería un té servido a las cinco de la tarde.
lunes, 16 de mayo de 2011
Lemmings
—¿De dónde vienen? —preguntó Reordon.
—De todas partes —replicó Carmack.
Ambos hombres permanecían junto a la carretera de la costa, y, hasta donde alcanzaban sus miradas, no podían ver más que coches. Miles de automóviles se encontraban embotellados, costado contra costado y paragolpe contra paragolpe. La carretera formaba una sólida masa con ellos.
—Ahí vienen unos cuantos más —señaló Carmack.
Los dos policías miraron a la multitud que caminaba hacia la playa. Muchos charlaban y reían. Algunos permanecían silenciosos y serios. Pero todos iban hacia la playa.
—No lo comprendo —dijo Reordon, meneando la cabeza. En aquella semana debía de ser la centésima vez que hacía el mismo comentario—. No puedo comprenderlo.
Carmack se encogió de hombros.
—No pienses en ello. Ocurre. Eso es todo.
—¡Pero es una locura!
—Sí, pero ahí van —replicó Carmack.
Mientras los dos policías observaban, el gentío atravesó las grises arenas de la playa y comenzó a adentrarse en las aguas del mar. Algunos empezaron a nadar. La mayor parte no pudo, ya que sus ropas se lo impidieron. Carmack observó a una joven que luchaba con las olas y que se hundió al fin a causa de su abrigo de pieles.
Pocos minutos más tarde todos habían desaparecido. Los dos policías observaron el punto en que la gente se había metido en el agua.
—¿Durante cuánto tiempo seguirá esto? —preguntó Reordon.
—Hasta que todos se hayan ido, supongo —replicó Carmack.
—Pero..., ¿por qué?
—¿Nunca has leído nada acerca de los Lemmings?
—No.
—Son unos roedores que viven en los Países Escandinavos. Se multiplican incesantemente hasta que acaban con toda su reserva de comida. Entonces comienzan una migración a lo largo del territorio, arrasando cuanto se encuentran a su paso. Al llegar al océano, siguen su marcha. Nadan hasta agotar sus energías. Y son millones y millones.
—¿Y crees que eso es lo que ocurre ahora?
—Es posible —replicó Carmack.
—¡Las personas no son roedores! —gritó Reordon, airado.
Carmack no respondió. Permanecieron esperando al borde de la carretera, pero no llegó nadie más.
—¿Dónde están? —preguntó Reordon.
—Tal vez se hayan ido.
—¿Todos?
—Esto viene ocurriendo desde hace más de una semana. Es posible que la gente se haya dirigido al mar desde todas partes. Y también están los lagos. Reordon se estremeció. Volvió a repetir:
—Todos...
—No lo sé; pero hasta ahora no habían cesado de venir.
—¡Dios mío...! —murmuró Reordon.
Carmack sacó un cigarrillo y lo encendió.
—Bueno —dijo—. Y ahora, ¿qué?
Reordon suspiró:
—¿Nosotros?
—Ve tú primero —replicó Carmack—. Yo esperaré un poco, por si aparece alguien más.
—De acuerdo —Reordon extendió su mano—. Adiós, Carmack —dijo.
Los dos hombres cambiaron un apretón de manos.
—Adiós, Reordon —se despidió Carmack.
Y permaneció fumando su cigarrillo mientras observaba cómo su amigo cruzaba la gris arena de la playa y se metía en el agua hasta que ésta le cubrió la cabeza. Antes de desaparecer, Reordon nadó unas docenas de metros.
Tras unos momentos, Carmack apagó su cigarrillo y echó un vistazo a su alrededor. Luego él también se metió en el agua.
A lo largo de la costa se alineaban un millón de coches vacíos.
miércoles, 6 de abril de 2011
Boxeador
lunes, 4 de abril de 2011
Momentos felices
Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?
Cuando salgo a la calle silbando alegremente
--el pitillo en los labios, el alma disponible--
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?
Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro --sé que todo es fiado--,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende?
Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme, pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es felicidad lo que amanece?
Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?
Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y, pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?
Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
"Estaba justamente pensando en ir a verte."
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?
Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?
jueves, 31 de marzo de 2011
Todos asistimos a este deporte
Yo corría con mi primo mientras los padres y, la abuela y el abuelo charlaban con los demás. Parábamos de inmediato si alguno se asomaba. Parecíamos mejores personas cuando estábamos entre primos. Yo no acostumbraba una buena conducta en los días verdaderos, que no eran esos. Mi primo tampoco y tenía la misma mirada. Podríamos haber sido cómplices de no haber nacido parientes.
La abuela cocinaba algo y el abuelo otra cosa. Yo seguía corriendo. Creo que estaban todos borrachos, pero yo quería correr. Un adulto pedía, de repente, que no corriésemos. Chocamos con la abuela. La abuela le reclamaba, entonces, a otro adulto, creo que a mis padres, que hicieran algo. Ese es el primer recuerdo que tengo de una tarde en lo de la abuela.
Es domingo y tengo fiebre de aburrimiento. Están los abuelos en casa. El abuelo parece demasiado viejo. La abuela charla con mis padres. Hay algún tío dando vueltas. Todo me repugna. Es cuando un chico se pregunta cuánto falta para ser adulto y así salir corriendo enajenadamente hacia ninguna parte. Siempre están ocupados y hablan de obligaciones. Hablan. Todo el tiempo hablan. Yo, igual, tengo que hacer la tarea de matemática. El aburrimiento lleva a las personas a ser lo que son y lo que vemos y lo que vivimos en las esquinas.
La tarea. Como soy un vago, como no me cierran los números por ningún lado, la hago en dos patadas torpes de cinturón blanco. Me acerco a mi abuelo, viejo y quieto, y le pregunto, ejercicio tras ejercicio, hoja tras hoja, si los hice bien. Mira uno: sí, Maxi, los hiciste bien. Mira otro: sí, también. Todos bien. Todos. Mi abuela interviene.
-¿Qué hacés, Maxi?
-Hago la tarea con el abuelo.
Me agarra del brazo y me lleva a otro lado. Me sienta. Se sienta. Me saca las hojas cuadriculadas. Las mira. Aprieta el labio. Tiene que pensar en los ejercicios de matemática y en algo, también, más triste.
-¿Qué pasa, abuela?
Me chista. Me asusto. Termina de leer. -Está todo mal, Maxi. Hacelo de vuelta.
-Pero el abuelo...
-El abuelo no fue al colegio, nene. Vos sí, así que prestá atención.
Se va con los adultos. Con sus obligaciones y sus pesadillas. Pero la idea de que una persona no haya ido nunca al colegio me abre un espacio de oscuridad severamente extraño.
En la adolescencia -por sucesos de todos contra todos- tengo que quedarme a dormir en lo de la abuela durante unos días. El abuelo murió un tiempo atrás. Yo fumo, como toda mi familia. A la noche, tarde, saco mi cuaderno rayado en el que escribo esas cosas. A veces unas son mejores que otras, pero todavía no salen de irrisorias. Se levanta mi abuela. Supone que ya tengo que estar dormido. Ella no sabe que hace rato que no duermo por la noche.
-¿Qué hacés con la luz prendida?
-Escribo un rato.
-¿Qué escribís?
-Historias.
Entonces se restriega los ojos, se da la vuelta y murmulla algo. Se porta conmigo como con los adultos y me gusta. Pasan unos días y ya estoy de vuelta en casa.
Después hubo historias de encierros, más vicios, más peleas, silencios prolongados en mi casa. Más de lo mismo con nuevos tonos y viejas miradas. El tiempo pasaba y lo que era una forma de vida ya era la vida misma. Sí cambió mi escritura. Pasé de una espeluznante en cuadernos a una espeluznante en la computadora. Tuve unas novias. Salí de noche. Conocí gente. Estudié algunas cosas. Pasaron las tardes en los lugares. Las noches escribiendo. Las discusiones con las novias. Ninguna quería que escribiese, por eso seguí haciéndolo. Cosas de cada quien. Nada fuera de lo normal. Un par de vidas cruzadas por un rato.
Una noche de Navidad. Estamos en la mesa con mi hermano, mis padres, mi tío Horacio -el del auto antiguo que presta para casamientos y que es la razón de su vida-, con mi tía -rubia y conversadora, siempre, a veces más rubia- y mi abuela. A sus noventa y seis pasa, después de más de quince, una fecha con nosotros.
Comimos. Entremesa. Ella no habla. Ya está demente. Hace ruidos y suelta palabras sin sentido. No quiero mirarla a los ojos, no sé por qué. Respiro profundo. No quiero pensar demasiado. Algo me pica adentro. Apenas levanto la mirada, lo primero que aparece en mi cabeza es la idea de que por fin tengo que dejar de fumar. Días después, empiezo a intentarlo. Lo logro. Esa es buena. Aunque no escribo una sola palabra. No importa. Mejor tener más tiempo entre la raza para mirarla por la ventana y ver cómo se arrastra y choca y balbucea.
Así que mamá y papá brindan con mis tíos. Al rato, brindan entre ellos, papá y mamá. Los tíos suspiran y hablan de rock and roll.
Estoy pensando en salir a fumar un cigarrillo y mirar la calle vacía cuando mi abuela extiende su brazo y me toca la mano. Me asusto como quien siente que le agarran el pie por la noche.
-¿Y, Maxi? -me dice.
-Abuela... ¿qué?
-¿Ya te recibiste de escritor?
La miro. Pasmado. Quiero creer que alguien escucha lo que la abuela me pregunta, pero no.
--Más o menos, abu. Más o menos.
-Esa es una respuesta, Maxi -me dice.
Y vuelve a colocarse en la posición en la que estuvo todo el día, sentada con las manos sobre su falda, tan vieja, tan al límite y con los ojos en el borde de la mesa, completamente obnubilada. Entonces se me escapa un pedazo de llanto porque tengo que saber lo que pasa por la cabeza de una persona que todavía tiene idea de que carga noventa y seis años, que está pegada al brazo de la muerte y que entre los dos ven lo que pasa en la vida de la gente: aburrida, estúpida, pretenciosa y barata.
Un rato dura la reunión como reunión hasta que se transforma en campo de batalla. Después, a dormir. Pienso un rato en los demás. Los petardos. Los corchos. Todo eso, por todos lados. Todos asistimos a este deporte.
Días después, se nos fue. Recién cumplidos los noventa y siete. Si no estudié Letras fue porque sabía que el título de escritor se encontraba por otro lado. Lo que no sabía era dónde, hasta entonces. No tuve una educación formal, pero sí encontré que las evaluaciones de cómo, cuándo y por qué seguir escribiendo y si el que escribe es un escriba o un escritor aparecen validadas en momentos tremendamente personales, y uno solo tiene que capacitarse para ver cuál es ese instante, para tener el ojo abierto y percibido. Este cuento de Navidad es mi versión de ese momento.
sábado, 26 de marzo de 2011
Canto a mí mismo
Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago... e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.
Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.
Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Sé cuál es su misión y no la olvidaré;
que nadie la olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de par en par las puertas a la energía original de la naturaleza
desenfrenada.