El rastreador
martes, 3 de enero de 2012
El petardo
Lo miré extrañado y le pregunté si era recién exprimido. Cuando me respondió afirmativamente, repliqué: -Pero yo pedí café.
-A mí no -me contradijo-. Se lo pidió a mi hermano. Le traje el jugo porque lo vi acalorado.
Miré al hermano, que vestía la misma ropa, y la misma cara. En la caja, atendía un hombre con distinta ropa pero la misma cara.
-¿Cuántos son? -pregunté, algo asustado.
-Trillizos -contestó el mozo que no había hablado.
Asentí y pregunté si sabían dónde era el sitio de la aduana. Me señalaron inequívocamente el camino, pero me pareció que ya era tarde. Entonces entró un vendedor ambulante de pirotecnia. Supongo que ese tipo de venta no está permitido. Los tres hermanos lo miraron con evidente desaprobación, y el de la caja le espetó: -Hágase un favor y devuelva esas porquerías.
El vendedor se marchó con palabras poco amables.
Como me habían regalado un jugo de naranja recién exprimido, comenté: -A mí tampoco me gusta la pirotecnia.
El mozo del café me trajo una pequeña caja de mimbre y me invitó con un gesto a abrirla. El bar estaba lleno de sorpresas. No fue la menor encontrar un petardo en el interior de la caja de mimbre.
-¿Qué significa? -pregunté.
-Es un petardo que no explotó- explicó el trillizo de la caja.
-Lleva 15 años sin explotar -agregó el mozo del jugo.
-¿Pero cuántas veces lo intentaron? -consulté.
-Sólo en 1990 -informó el tercero- Pero cada año cuenta.
-Tenía que retirar un libro con 101 cuentos prologados por Somerset Maugham -apunté-. Pero tengo la impresión de que con esta historia serán 102 y valdrá la pena el haberme perdido.
-Somos italianos de nacimiento -dijo el cajero-, en la guerra, la Segunda, quedamos del lado de los partisanos. Cuando llegaron los aliados, luchamos junto a los norteamericanos. En un bosque, mi hermano Victorino (señaló al mozo del jugo) vio como caía una granada en el medio de los tres, y se lanzó sobre ella para salvarnos. La granada no explotó. Pero Victorino intentó dar su vida por la nuestra. Remo (señaló al mozo al que le había pedido el café) y yo pasamos el resto de nuestra vida tratando de recompensarlo. Acá como nos ve, compartimos 80 años. Pero hasta hace quince, Victorino era el dueño del bar, y Remo y yo sus mozos. Nunca hubo dudas al respecto: todo lo que pudiéramos hacer por él era poco. Sin embargo, hace quince años, el nieto de Victorino, que por entonces tenía cinco años, se apareció en el jardín de la casa con un petardo encendido en la mano. Estábamos los tres tomando vermú, un 31 de diciembre como hoy, de 1990, con nuestras hijas y yernos, y de pronto aparece el pibe con el petardo encendido en la mano.
-¿Cómo ocurrió? -Suponemos que lo levantó del suelo -se apuró a detallar Victorino-. Mi casa en Colegiales es con jardín y los pibes andaban sueltos.
-Pero no explotó -remató Rómulo, el narrador.
-No explotó -repetí.
-No explotó -repitió Remo.
-Se le apagó en la mano como si lo soplara un ángel -describió Victorino-. Entonces le dije a mis hermanos que la deuda había terminado, y que el bar sería de los tres y compartiríamos igualitariamente el trabajo. Después de todo, habíamos caído del lado de los partisanos. ¿No es cierto? No pude contestar porque entró un muchacho de unos veinte años. Era buen mozo como Vittorio Gassman. Llamó “abuelo” a Victorino y le preguntó si pasaba a buscarlos con la camioneta para llevarlos a Colegiales. Los tres asintieron al unísono.
lunes, 2 de enero de 2012
Pasaje del año
no es el último día del tiempo.
Otros días vendrán
y nuevos muslos y vientres te comunicarán
el calor de la vida.
Besarás bocas, rasgarás papeles,
harás viajes y tantas celebraciones
de aniversario, graduación, promoción,
gloria, dulce muerte con sinfonía y coral,
que el tiempo quedará repleto y no oirás el clamor,
los irreparables aullidos
del lobo en la soledad.
El último día del tiempo
no es el último día de todo.
Queda siempre una franja de vida
donde se sientan dos hombres.
Un hombre y su contrario,
una mujer y su pie,
un cuerpo y su memoria,
un ojo y su brillo,
una voz y su eco,
y quien sabe si hasta Dios...
Recibe con simplicidad
este presente del acaso.
Mereciste vivir un año más.
Desearías vivir siempre y agotar
la borra de los siglos.
Tu padre murió, tu abuelo también.
En ti mismo mucha cosa ya expiró,
otras acechan la muerte,
pero estás vivo. Una vez más estás vivo.
Y con la copa en la mano
esperas amanecer.
El recurso de embriagarse.
El recurso de la danza y del grito,
el recurso de la pelota de colores,
el recurso de Kant y de la poesía,
todos ellos...y ninguno resuelve nada.
Surge la mañana de un nuevo año.
Las cosas están limpias, ordenadas.
El cuerpo gastado se renueva en espuma.
Todos los sentidos alertas funcionan.
La boca está comiendo vida.
La boca está atascada de vida.
La vida escurre de la boca,
mancha las manos, la vereda.
La vida es gorda, oleosa, mortal, subrepticia.
martes, 20 de diciembre de 2011
Defensa de los argentinos
sábado, 17 de diciembre de 2011
Educar
que poner un motor a una barca,
hay que medir, pensar, equilibrar,
y poner todo en marcha.
Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino,
un poco de pirata,
un poco de poeta,
y un kilo y medio de paciencia concentrada.
Pero es consolador soñar,
mientras uno trabaja,
que esa barca, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestro propio barco,
en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.
lunes, 31 de octubre de 2011
Cáncer
llueve sobre la tierra,
es el castigo de un Dios aparentemente real
que nos deja igual que a los ciegos,
ahogados, irisados como lo abstracto,
a lo que le buscas un sentido que no tiene
como un explorador del Trópico,
como Miller en el follaje de la vida
comiendo plátanos, duraznos, menta,
atónito frente al sabor agridulce de la dulzura,
bendito, cruel, sanguinario,
con la pobrísima posibilidad de morir envejecido,
o con sífilis,
o CÁNCER,
eterno cangrejo anidado en lo recóndito de tu cerebro,
consumiéndote hasta el cric-crac final,
y tu mente se vuelve insana,
el séptimo sol se oscurece,
tu alma se cuece en la oscuridad,
te erguís, orgulloso,
sin aliento.
Jugosa muerte,
petrificada en un instante eterno…
lunes, 10 de octubre de 2011
De la comida casera
—No es tan complicado —había dicho Álvarez— no es tan complicado. Tiene sus bemoles, pero no es tan complicado.
—Por lo que he visto —aventuró Gentile— es casi un rito ¿no? una ceremonia...
Álvarez había encendido un Willem Segundo, un cigarro agrio, picante, y se tomó su tiempo para contestar.
—Toda comida es un poco ritual, Gentile, eso desde tiempos inmemoriales, hay en todo un poco de protocolo, incluso de misterio. Más que nada en comidas de este tipo, poco usuales, al menos en nuestro país...
— ¿Qué procedencia tiene ésta, de qué cocina es, francesa? —preguntó entonces Martini, adelantando el mentón hacia el plato, ya vacío.
—No, no puede decirse que sea francesa, aunque yo lo he comido, y muy bien hecho, en Francia, para ser más exacto en el Mediodía francés, pero creo, creo, no se lo puedo asegurar, que es de procedencia nórdica, tal vez dinamarquesa...
— ¿En la receta no dice...?
—Sabe lo que ocurre, Gentile, la receta original yo nunca la leí, ésta era una comida que hacía mi padre que a su vez la aprendió de mi abuelo y así sucesivamente, yo ya me la sé de memoria de tanto repetirla.
Por un momento el silencio se vio enriquecido por el aroma penetrante del cigarrillo de Álvarez. Martini pareció salir de su sopor, alimentado tal vez por la dulce bruma del vino blanco generosamente trasegado.
— ¿Cocina a menudo este plato?
—No... no... —Calculó el anfitrión— no mucho. Primero que no conviene reiterarlo seguido y segundo que, aunque se quisiera, no es fácil conseguir las ancianas.
—Ésa es una pregunta que quería formularle —terció Gentile— ¿Dónde las consigue...? si no es una infidencia...
Álvarez sonrió apenas mirando el mantel.
No... no es una infidencia, les diré, o bien, se los digo porque ustedes son de mi entera confianza, de no ser así no los hubiera invitado esta noche —aclaró— pero ustedes saben cómo somos los devotos de la buena cocina... un tanto celosos de nuestros secretos y una gran difusión de este detalle haría que el día de mañana mis colegas y ¿por qué no? competidores, tengan acceso a la misma fuente.
Nuevamente el silencio se depositó sobre la mesa, en tanto el criado retiraba los platos con celeridad y cautela profesional, sin un choque de cristales, sin un solo sonido disonante, con la certera delicadeza de un gato caminando por una estantería atiborrada de porcelanas.
—Las ancianas se consiguen en los asilos... —retomó Álvarez la conversación— no en todos lógicamente, no en todos. Es más, sólo puedo dar fe de uno, del que yo me proveo, pero supongo que hay otros que también lo hacen. Me contaban de uno de Misiones, sobre el cual no tengo seguridad, pero además me decían que no era conveniente porque era un asilo de tercera o cuarta categoría...
— ¿Y eso influye...?
—Lógicamente influye, influye. Influye a tal punto que ha habido casos de ancianas que ya compradas hubo que tirarlas, casi siempre debido a la mala alimentación que reciben en esos lugares. Claro, son asilos para gente pobre, con escasos recursos, y la alimentación por lo tanto es magra y poco estudiada. Por otra parte, las ancianas que llegan ahí, han sido casi siempre personal de servicio, gente de carne endurecida, fibrosa, maltratada por los trabajos domésticos, una carne similar a la del venado, para serles más preciso...
— ¿Y ese riesgo no se corre en donde usted se provee?
—Se corre pero en una mínima proporción —especificó Álvarez—, claro que el nuestro es un caso bastante particular, ya que el director del asilo es amigo personal mío y también un maniático de la buena mesa, entonces el trato y la elección son más cuidadosos...
—¿Cómo se llega a eso...? Perdóneme que le pregunte tanto —se disculpó Martini— pero el asunto me apasiona.
—Bien, yo voy todos los meses al asilo y de paso que saludo a este amigo mío, él me muestra a las ancianas. Conviene estudiarlas sin que ellas se den cuenta. Cuando salen al jardín, por ejemplo, solemos contemplarlas desde la ventana del directorio. Una anciana de estilo, de raza como se les dice, se reconoce al caminar.
—No me diga —Martini había suspendido el grácil y repetido movimiento de la copa hasta su boca.
—Así es... al caminar... el paso de una anciana denuncia un pasado duro o placentero, de trabajo u holganza, y eso es importante por lo que le comentaba antes. Elegidas las más convenientes, este amigo mío, un caballero en toda la palabra, me muestra la ficha médica, donde uno se asegura que la anciana no ha sufrido ni sufre enfermedades contagiosas o epidémicas.
—Y aun así, aun teniendo la seguridad de que estén totalmente sanas se recomienda hervirlas 24 horas antes de prepararlas.
—No se apresure, Gentile, aún hay otra etapa que le comento para que advierta lo meticuloso del proceso. Cuando hay conformidad sobre la anciana elegida, ésta recién será entregada un mes después, y durante estos treinta días se le dará alimentación especial en el mismo asilo. Lógicamente hay que pagar un plus, que no es muy oneroso de todos modos.
— ¿Y en qué consiste esa alimentación?
—Nada novedoso ni especial, nueces, mucha leche, alcaparras, nada de frituras, bastante fruta, y en algunos casos, como en el de hoy, abundante cebolla silvestre, que es la que sedimenta ese regusto un tanto imperante, un poco salvaje que usted justamente me dijo notar en la comida...
— ¿Luego se la sacrifica?
—Luego se la sacrifica...
— ¿De eso se ocupa usted, Álvarez? —ahondó dubitativo Gentile.
—No, ése es un capítulo desagradable, quizás molesto, del que se ocupa mi criado, lo hace de buen grado y lo hace bien...
—Supongo que yo no podría hacerlo... —admitió Martini débilmente.
—Bueno... son pautas culturales...
—No sólo eso, sino que me resta apetito preparar yo mismo mis comidas...
—Ése es un detalle —sentenció Álvarez— que un buen gourmet debe superar. Por otra parte, no tiene otra alternativa.
—Entiendo, entiendo —reconoció Martini.
—Donde yo intervengo activamente es en el sazonado y posterior cocción, ahí sí, debo reconocer que esa fase me apasiona. Ahí se debe medir con cuidado los depósitos de apio semicocido, los pepinillos cortados en lonjitas, las hojas de estragón, no muchas, y decidir sobre la marcha la inclusión de tocino, anchoas y hasta si es necesario nabo y chuño desleído en agua. Un muslo tratado así por ejemplo, es delicioso, y una mano, ni qué decir...
—En resumen... —pareció sintetizar Martini mientras recibía un pocillo de aromático café turco de manos del criado— toda una artesanía, una religión casi...
—Usted lo ha dicho, usted lo ha dicho...
—Le confieso —se sinceró Gentile tras el primer sorbo de café— que cuando usted me invitó tenía una cierta resistencia a este plato... me explico... no piense que dudaba de su capacidad como gourmet...
—No, en absoluto, lo comprendo —lo tranquilizó Álvarez.
—Una resistencia al plato en sí... ¿Me entiende?
—Por supuesto, hombre, es humano...
—Posiblemente por cómo ha sido educado uno...
—Exacto, Gentile, exacto. Son pautas culturales, pautas culturales, Gentile
jueves, 1 de septiembre de 2011
El condenado (con un dibujo de Luis Scafati)

Como siempre, lo traga la tumba
provisoria del subterráneo. Por el momento
habrá algo allá abajo y la escalera
desciende, húmeda, cada mañana otoñal.
En la hora en que la vida
ofrece un orden represivo
contra este orden represivo
contra este empleado del planeta: un soldado desconocido
a quien uno de los señores de Kafka
espera detrás de una puerta
relucientes los caminos en el rostro afeitado.
Ahora desciende, ignora su propia condena
y ha renunciado a conocer al juez
muriendo antes de morir.