Tarde de lecturas, (2008) xilografía de Marinés Tapia Vera, 1er premio de Grabado del LIII Salón de Artes Plásticas Manuel Belgrano

El rastreador

El rastreador recorre bibliotecas concretas y virtuales buscando esos textos que alguna vez tenemos que leer.

viernes, 18 de junio de 2010

Allá en el centro del mar

Allá en el centro del mar, allá en los confines
Donde nacen los vientos, donde el sol
Sobre las aguas doradas se demora;
Allá en el espacio de fuentes y verdor,
De mansos animales, de tierra virgen,
Donde cantan las aves naturales:
Amor mío, mi isla descubierta,
Es de lejos, de la vida naufragada,
Que descanso en las playas de tu vientre,
Mientras lentamente las manos del viento,
Pasando sobre el pecho y las colinas,
Alzan olas de fuego en movimiento.

sábado, 12 de junio de 2010

Responde tú...

Tú, que partiste de Cuba,

responde tú,

¿dónde hallarás verde y verde,

azul y azul,

palma y palma bajo el cielo?

Responde tú.


Tú, que tu lengua olvidaste,

responde tú,

y en lengua extraña masticas

el güel y el yu,

¿cómo vivir puedes mudo?

Responde tú.


Tú, que dejaste la tierra,

responde tú,

donde tu padre reposa bajo una cruz,

¿dónde dejarás tus huesos?

Responde tú.


Ah, desdichado, responde,

responde tú,

¿dónde hallarás verde y verde,

azul y azul,

palma y palma bajo el cielo?

Responde tú.

sábado, 5 de junio de 2010

Contra el Juicio Final

El papa recomendó meditar en el tema del Juicio Final (AFP 9/1/95)

Buenos Aires, Diciembre de 1997

Juan Pablo II
Ciudad del Vaticano
De nuestra consideración:

Se acerca el fin del milenio. Se acerca, posiblemente, el Apocalipsis y el Juicio Final. Si
es cierto que son pocos los que se salvan, como advierte el Evangelio, se acerca para la
mayor parte de la humanidad el comienzo de un infierno inacabable. Para evitarlo basta
volver a la justicia que Dios Padre dictó en el Génesis. Si El castigó la desobediencia de
Eva suprimiendo nuestra inmortalidad, no es justo que el Hijo nos la haya restituido,
tantos siglos después, prolongando padeceres. Si una parte de la Trinidad dicta una
sentencia cuya pena termina y se completa con la muerte, no puede otra parte abrir cada
causa, agregar otra sentencia, resucitar el cadáver y aplicar un castigo adicional que
repite infinitas veces el castigo ya cumplido por el pecador una vez muerto. La justicia
del Hijo contradice y viola la del Padre. La existencia del Paraíso no justifica la del
Infierno: la bondad de los pocos salvados no les permitirá ser felices sabiendo
eternamente que novias o hermanas o madres o amigos y también desconocidos y
enemigos (prójimo que Jesús nos ordena amar y perdonar) sufren en tierras de Satanás.
Le solicitamos entonces volver al Pentateuco y tramitar la anulación del Juicio Final y
de la inmortalidad. Lo saludamos atentamente

CIHABAPAI (Club de impíos herejes apóstatas blasfemos ateos paganos agnósticos e
infieles, en formación)

sábado, 29 de mayo de 2010

Exilio

A Raúl Gustavo Aguirre

Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en qué vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.

¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas,
aunque fuere con sonrisas?

Siniestro delirio amar a una sombra.
La sombra no muere.
Y mi amor
sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.

lunes, 24 de mayo de 2010

El patriota ingenioso

Después de haber obtenido una audiencia con el Rey, un Patriota Ingenioso sacó un papel del bolsillo y dijo:
-Dios bendiga a Su Majestad. Aquí tengo una fórmula para construir una armadura
blindada que ningún cañón podrá perforar. Si esta armadura es adoptada por la Armada Real nuestras naves de guerra serán invulnerables y por ende invencibles. Aquí también están los informes de los Ministros de Su Majestad atestiguando los méritos de la invención. Cederé lo derechos sobre ella por un millón de tumtums.
Después de examinar los papeles, el Rey los hizo a un lado y le prometió una orden para el Ministro Tesorero del Departamento de Extorsión por un millón de tumtums.
-Y aquí -dijo el Patriota Ingenioso, sacando otro papel de otro bolsillo- están los planos de un cañón que he inventado que puede perforar esa armadura. El hermano real de Su Majestad, el Emperador de Bang, está ansioso por adquirirlo, pero mi lealtad hacia el trono de Su Majestad y hacia su persona me obligan a ofrecerlo a Su Majestad. El precio es de un millón de tumtums.
Después de recibir la promesa de otra letra introdujo la mano en un bolsillo diferente a los dos anteriores y remarcó:
-El precio del cañón irresistible debió haber sido mucho mayor, Su Majestad, pero el hecho es que los misiles pueden ser tan efectivamente desviados por mi nuevo método de tratar las armaduras blindadas con...
El Rey indicó al Gran Factotum que se aproximara.
-Revisa a este hombre -le dijo- y dime cuántos bolsillos tiene.
-Cuarenta y tres, señor -dijo el Gran Factotum, completando su escrutinio.
-Dios bendiga a Su Majestad -gritó el Patriota Ingenioso, aterrorizado-. Uno de ellos contiene tabaco.
-Sosténganlo por los tobillos y sacúdanlo -ordenó el Rey-, luego denle una orden por cuarenta y dos millones de tumtums y mándenlo a decapitar. Emitamos un decreto castigando la ingeniosidad con la pena capital.

sábado, 22 de mayo de 2010

El albatros

Por divertirse a veces suelen los marineros
cazar a los albatros, aves de envergadura,
que siguen, en su rumbo indolentes viajeros,
al barco que se mece sobre la amarga hondura.

Apenas son echados en la cubierta ardiente,
esos reyes del cielo, torpes y avergonzados,
sus grandes alas blancas abaten tristemente
como remos que arrastran a sus cuerpos pegados.

¡Este viajero alado, oh qué inseguro y chico!
¡Hace poco tan bello, qué débil y grotesco!
¡Uno con una pipa le ha chamuscado el pico,
imita otro su vuelo con renqueo burlesco!

El Poeta es semejante al príncipe del cielo
que puede huir las flechas y el rayo frecuentar;
entre mofas y risas exiliado en el suelo,
sus alas de gigante le impiden caminar.

domingo, 9 de mayo de 2010

Tentación

Ella tenía hipo. Y como si no bastara la claridad de las dos de la tarde, era pelirroja. En la calle vacía, las piedras vibraban de calor: la cabeza de la chiquilla llameaba. Sentada en los escalones de su casa, lo soportaba. Nadie en la calle, sólo una persona esperando inútilmente en la parada del tranvía. Y como si no bastara su mirada sumisa y paciente, el hipo la interrumpía a cada momento, sacudiendo el mentón que se apoyaba amoldado en la mano. ¿Qué hacer con una chica pelirroja con hipo? Nos miramos sin palabras, desaliento contra desaliento. En la calle desierta ninguna señal de tranvía. En una tierra de morenos, ser pelirrojo era una involuntaria rebelión. ¿Qué importaba si un día futuro su marca iba a hacerla erguir insolente una cabeza de mujer? Por ahora estaba sentada en un escalón centelleante de la puerta, a las dos de la tarde. Lo que la salvaba era un monedero viejo de señora, con la cremallera rota. Lo aseguraba con un amor conyugal ya acostumbrado, apretándolo contra las rodillas. Fue entonces cuando se aproximó a su otra mitad en este mundo, un hermano de Grajaú. La posibilidad de comunicación surgió en el ángulo caliente de la esquina, acompañando a la señora, y encarnada en la figura de un can. Era un basset lindo y miserable, tierno bajo su fatalidad. Era un basset pelirrojo. Allá venía él trotando, delante de la dueña, arrastrando su largura. Desprevenido, acostumbrado, perro. La chica abrió los ojos asombrada. Suavemente avisado, el perro se paró delante de ella. Su lengua vibraba. Ambos se miraban. Entre tantos seres que están preparados para volverse dueños de otro ser, allí estaba la chica que había venido al mundo para tener aquel perro. Él se estremecía con suavidad, sin ladrar. Ella lo miraba bajo los cabellos, fascinada, seria. ¿Cuánto tiempo estaba pasando? Un gran hipo desafinado la sacudió. Él ni siquiera tembló. También ella pasó por encima del hipo y continuó mirándolo fijamente. Los pelos de ambos eran cortos, rojizos. ¿Qué fue lo primero que se dijeron? No se sabe. Tan sólo se sabe que se comunicaron rápidamente, porque no había tiempo. Se sabe también que sin hablar se pedían. Se pedían con urgencia, intrigados, sorprendidos. En medio de tanta vaga imposibilidad y de tanto sol, allí estaba la solución para la chica pelirroja. Y en medio de tantas calles para ser trotadas, de tantos perros más grandes, de tantos desagües secos, allá estaba una chica como si fuera carne de su pelirroja carne. Se miraban profundos, entregados, ausentes de Grajaú. Un instante más y el sueño suspendido se rompería, cediendo tal vez a la gravedad con que se pedían. Pero ambos estaban comprometidos. Ella, con su infancia imposible, el centro de la inocencia que solamente se abriría cuando fuera una mujer. Él, con su naturaleza aprisionada. La dueña estaba impaciente bajo la sombrilla. El basset pelirrojo finalmente se desprendió de la chica y salió sonámbulo. Ella quedó perpleja, con el acontecimiento en las manos, en una mudez que ni su padre ni su madre comprenderían. Lo acompañó con los ojos negros que apenas creían, doblada sobre el monedero y las rodillas, hasta verlo doblar la otra esquina. Pero él fue más fuerte que ella. Ni una sola vez miró hacia atrás.