Tarde de lecturas, (2008) xilografía de Marinés Tapia Vera, 1er premio de Grabado del LIII Salón de Artes Plásticas Manuel Belgrano

El rastreador

El rastreador recorre bibliotecas concretas y virtuales buscando esos textos que alguna vez tenemos que leer.

domingo, 11 de agosto de 2013

Soy Tom Hanks. Me gusta escribir a máquina

Soy un experto en el ruido que se puede hacer con una vieja máquina manual. Uso una máquina de escribir manual -y el Correo estadounidense- prácticamente todos los días. Mis cartas y mis notas de agradecimiento, los memos de la oficina, las listas de tareas pendientes y los borradores preliminares -insisto, muy preliminares- de páginas con historias quedan totalmente desprolijos, pero crearlos me da una satisfacción que pocas de las demás cosas me producen.
Confieso que cuando tengo que hacer un trabajo de verdad -documentos con exigencias similares a una monografía de la facultad- uso la computadora. El inicio y el final del texto requieren la fluidez de la tecnología moderna, y ¿a quién no le gusta elegir entre múltiples tipos de letra? Para garabatos menos importantes, de ésos que no van más allá del escritorio o la puerta de la heladera, el placer táctil de tipear como se hacía antes no tiene ni punto de comparación con la experiencia que genera la laptop “de rigor”.
El sonido del tipeo es una de las razones que justifican tener una máquina de escribir manual; por desgracia, existen solamente tres razones y ninguna de ellas es la agilidad o la velocidad.
Además del sonido, está el mero placer físico de tipear; es tan bueno como parece, los músculos de las manos controlan el volumen y la cadencia del ataque auditivo de modo que la habitación genera ecos con el “staccato” de las sinapsis.
Tal vez deba hacer más espacio para una máquina de escribir y renunciar al lujo fácil de la tecla BORRAR, pero lo que sacrifique en exactitud lo compensará con garbo. No se moleste en usar cinta correctora, líquido blanco o papel de cebolla borrable.
No es ninguna vergüenza volver a escribir encima o tachar con xxxx una palabra escrita tan mal que ninguna herramienta de verificación ortográfica podría descifrarla.
El involucramiento físico que implica tipear engendra la tercera razón para escribir con una reliquia del ayer: la permanencia. Salvo las palabras cinceladas en la piedra, pocos elementos duran más que la letra escrita a máquina, ya que la tinta queda físicamente estampada en cada fibra del papel, no colocada sobre la superficie como ocurre con un documento impreso con láser o la IBM de la “bochita”, que desplazó a la máquina de escribir.
Nadie tira a la basura cartas escritas a máquina porque son obras de arte gráfico con una singularidad similar a las huellas digitales, pues no hay dos máquinas de escribir manuales que escriban exactamente igual.
La máquina también puede durar tanto como las rocas de Stonehenge.
Son objetos hechos de acero y fueron concebidos para recibir una paliza, y lo hacen. La Underwood de mi padre, comprada justo después de la guerra para su único año en la universidad, tenía algunas teclas tan gastadas por sus dedos castigadores que estaban deformadas y borradas.
Todavía la tengo y funciona.
En el año 2013, todavía las cintas se pueden re-entintar y se podría enviar una carta escrita a máquina cada día, siempre que la máquina de escribir sobreviva junto con la producción de papel.


lunes, 5 de agosto de 2013

Una mamá argentina

Para Sarita, que estaba ahí.

Cuando se despertó ese domingo frío –tarde y ya cansada, sola en la cama grande–, Sara supo o quiso creer que no pasaría de ese día, de esa noche. La partera que la había revisado a la tardecita se lo había dicho: ya estaba ahí, cuestión de horas. Se adelantaba casi un mes.
Y pensar que apenas la semana anterior, la última vez que había salido a la calle con su incómodo marido (lo sabía, lo sentía perturbado por la exposición, la evidencia de su panza) y caminaron lentos las tres cuadras bajo el solcito de invierno hasta el consultorio, todavía tenía esperanzas de poder viajar. Pero el amable doctor Goya le había recomendado que no se fuera a Lobería para tener su hijo. El viaje en tren no era recomendable en su estado. Su segundo parto probablemente se iba a anticipar y con el antecedente de los problemas que había tenido cuando nació Sarita, siete años antes, convenía que se moviera poco, guardara reposo, lo esperara acá: mejor que lo tuviera en Chaves.
Tener familia, se decía. Pero ella ya tenía. Había vivido hasta los treinta sin salir prácticamente nunca de su pueblo y ahí estaban todos o casi, todavía: sus padres, sus hermanas. Hasta que hacía un par de años fue el traslado; a Juan lo ascendieron de auxiliar a tesorero y se tuvieron que ir de Lobería. El Banco Provincia movía de sucursal en sucursal a los empleados que querían hacer carrera; así se decía. Y así era.
Y cayeron en Chaves, un pueblo parecido. Parecido a todos en la zona, aunque éste tenía una municipalidad nueva y blanca; alta, fea y exagerada. Pero el resto era igual, con la plaza y el consabido monumento, la iglesia, los dos bancos enfrentados, el asfalto acotado y después las pocas manzanas de construcciones bajas, las calles de tierra que se disolvían en el campo.
Incluso la casa con zaguán, puerta cancel y patio con alero era igual. Apenas más grande, tal vez. Los muebles del juego de casamiento bailaban un poco en las habitaciones altas y holgadas de piso de madera a las que Sara nunca se aclimataría demasiado. La luna redonda del tualé ante el que raramente se sentaba y en la que ahora se veía de soslayo –el pelo negro largo y suelto sobre la almohada bordada JS, la cara más rellena pero apagada y ojerosa– había viajado en camión desde Lobería, envuelta en las cobijas marrones que ahora no alcanzaban para calentarle los pies.
Le dolía otra vez abajo. Espió los trapos y ahí estaba la habitual manchita de sangre. Cuando nació Sarita –no se la oía ni en la cocina ni en el patio, acaso no había vuelto de misa todavía– había tenido una hemorragia salvaje, apenas tardíamente contenida. “Esa vez casi se nos va”, así decía, contaba su marido, que se había asustado mucho. Y más la vez siguiente, cuando perdió un varón de tres o cuatro meses por lo mismo. Ahora volvían las pérdidas, el reposo obligatorio. Por eso él tenía miedo. Juan no se lo decía pero tenía miedo. En los últimos días su marido se escapaba, no sabía qué decir, daba vueltas ensimismado. Y cuando hablaba, era de cualquier cosa. Le contaba del Banco, de fútbol como si le interesara, de la guerra que no terminaba de terminar, del coronel ese que lo tenía encantado. Parecía un chico más para cuidar, abatatado.
¿Y si se moría? ¿Qué iba a pasar con él si se moría?
Sara tuvo ganas de llorar pero se contuvo. Sabía que él andaba por ahí pero ni siquiera lo llamó. Se levantó y sosteniéndose la panza fue al baño. Juan la encontró a la salida:
–¿Qué hacés parada? ¿Cómo te sentís?
Ella lo tranquilizó: –Bien. Hoy se termina, vas a ver.
¿Qué hora es? –Las once. Metete en la cama, ya vengo.
Le hizo pan con manteca, lo puso en un plato con guarda azul que apoyó sobre la mesita de luz de ella, y dejó la pava, la azucarera y el jarrito del mate sobre la suya. Tomaban dulce. Ella incluso le echaba azúcar por encima a la manteca, le quedaban bigotes blancos al morder. Al rato la cama estaba llena de miguitas, el mate frío.
El, las piernas extendidas con los zapatos puestos sobre la colcha a rayas, encendió la radio y escuchó primero las noticias, después el arranque ruidoso de Gran Pensión El Campeonato mientras repasaba La Razón de ayer. Derramada a su lado, Sara leía un cuento de la Damas y Damitas apoyada sobre la panza, no pasaba de la primera página, se sonaba la nariz a cada rato. Entonces él giraba la cabeza, le tocaba el pelo y preguntaba. Pero ella no, no iba a iba almorzar, no quería nada.
Cuando llegó Sarita corriendo y preguntó si podía quedarse a comer milanesas en casa de los vecinos de al lado, el padre le dijo que sí; y cuando en la cocina preguntó por qué lloraba la mamá él le dijo que no, que a ella le parecía.
Como para confirmarlo, Sara desde la cama le indicó cómo hacer para recalentar el estofado de anoche. Juan comió solo en la mesa de hule a cuadritos mirando el patio, al terminar dejó todo sin levantar como de costumbre.
Sara durmió un rato la siesta mientras él escuchaba el partido de Boca en la cocina. Una de las veces que se despertó volvió a ir al baño sin avisarle a su marido, que ahora oía las explicaciones de un empate sin goles: “Las defensas superaron a los ataques”, decía alguien. Sara se cambió con esfuerzo la ropa interior y supo que ya estaba. Al volver a la cama como pudo, le pidió a Sarita que le trajera el otro camisón, y el peine. El doctor Goya había quedado en pasar a las seis y ella lo esperó leyendo el mismo cuento de la Damas y Damitas. Sarita hacía los deberes a su lado. Juan fumaba, entraba y salía sin motivo, como un perro.
El doctor llegó a las siete y media y ya era de noche. Al rato mandó a llamar a la partera y cuando ella entró a la pieza y salió, el doctor Goya llamó al marido aparte y le dijo:
–Quédese tranquilo que va andar todo bien. Ahora vaya al club y espere. Yo le aviso. Y llevesé la nena, mejor.
El antes de irse quiso entrar, y al ver que Sara sudaba y se retorcía con la mujer que la asistía se quedó mudo a los pies de la cama. Ella lo vio, sonrió como pudo y le guiñó un ojo. Juan ni siquiera sabía que ella sabía hacer eso. Gateó por la colcha, la besó en la cara y se fue.
Juan hizo caso, se fue a la sede del club al que solía y se quedó ahí, haciendo tiempo, a la espera. Tomó un Cinzano con bitter en el mostrador; después otro, que se llevó a una mesa donde estaba su amigo Picabea, del Banco como él. Ahí, en la casi penumbra que rodeaba las mesas de casín, entre el humo y la conversación asordinada pasaron dos horas largas. Los compañeros se fueron. Llegaron otros que ya habían cenado. La aguja del reloj, arriba de la estufa en que crepitaba el quebracho, apenas si se movía. Sentado a una mesa pegada a la pared donde se enfilaban los tacos de billar, Juan habló largamente de fútbol y de política y de las últimas alarmantes noticias del mundo tan lejano. Después se quedó callado, la mirada fija en la mesa verde donde corrían las bolas, atropellaban los palitos de marfil.
De pronto el mozo se acercó, arrimó la cara: –Tenés teléfono. Es Goya.
Fue hasta el mostrador y le pasaron el aparato, negro y con horquilla cromada. –¿Juan? –Sí. –Todo bien. Es un varón. –¿Y Sara? –Bien. Todo controlado.
Lo tuvieron que sostener. A la tarde del día siguiente, Sara estaba descansando en la cama con su hijo pegado al cuerpo, apoyado en el brazo, cuando vino una vecina a visitarla. No era la primera ni la más amiga pero sí la más locuaz.
–Es chiquito pero no le falta nada. Sólo las uñas– le explicó. Le dijo que al final no iba a ser Eduardo. Se llamaba Juancito, como el padre, y que sí, que no tenían imaginación y repetían los nombres. Agotaron enseguida los temas. Pero la señora estaba muy impresionada de lo que había escuchado por la radio: –¿Vio la bomba que han tirado los norteamericanos en Japón? Una cosa terrible. Sara no sabía: no escuchaba la radio, el diario llegaba un día después a Chaves, su marido no le había comentado nada. “No sé para qué traemos chicos al mundo si después matan a la gente así”. Sara no lo sabía muy bien para qué. Estaba todavía muy dolorida y débil, había perdido bastante sangre pero ya no y se recuperaba. –No sé, seguro que tiene razón. Entonces por toda respuesta se volvió hacia el costado, desplazó el camisón un poquito, apenas lo necesario, y me empezó a dar la teta.

martes, 30 de julio de 2013

Un General en la Biblioteca

En Panduria, nación ilustre, una sospecha se insinuó un día en la mente de los altos oficiales: la de que los libros contenían opiniones contrarias al prestigio militar. En realidad, de procesos y encuestas se desprendía que esta costumbre ya tan difundida de considerar a los generales como gente que también puede equivocarse y aun provocar desastres, y las guerras como algo a veces diferente de las radiantes cabalgatas hacia destinos gloriosos, era compartida por gran cantidad de libros modernos y antiguos, pandurrios y extranjeros. El Estado Mayor de Panduria se reunió para hacer un balance de la situación. Pero no sabían por dónde empezar, porque en materia de bibliografía ninguno de ellos era muy ducho. Se nombró una comisión investigadora, al mando del general Fedina, oficial severo y escrupuloso. La comisión examinaría todos los libros de la biblioteca más grande de Panduria. Estaba esta biblioteca en un antiguo palacio lleno de escaleras y columnas, desconchado y decrépito por aquí y por allá. Sus frías salas estaban atestadas de libros, repletas, en parte impracticables; sólo los ratones podían explorarlas en todos sus rincones. El presupuesto del Estado pandurio, sobrecargado con ingentes gastos militares, no podía proporcionar ninguna ayuda. Los militares tomaron posesión de la biblioteca una mañana lluviosa de noviembre. El general se apeó de su caballo, retacón, sacando pecho, con su gruesa nuca afeitada, las cejas fruncidas sobre el pincenez; de un automóvil bajaron cuatro tenientes larguiruchos, el mentón alto y los párpados bajos, cada uno con su portafolios en la mano. Después venía una cuadrilla de soldados que acamparon en el antiguo patio con mulos, balas de heno, tiendas, cocinas, radios de campaña y estandartes. Se pusieron centinelas en las puertas y un cartel que prohibía la entrada, «debido a las grandes maniobras y mientras duraran las mismas». Era un expediente para que la investigación se pudiera realizar en el mayor secreto. Los estudiosos que solían llegar a la biblioteca todas las mañanas, con los abrigos puestos, bufandas y pasamontañas para no congelarse, tuvieron que volverse atrás. Perplejos, se preguntaban: -¿Cómo?, ¿grandes maniobras en una biblioteca? ¿No irán a desordenarla? ¿Y la caballería? ¿Y harán también ejercicios de tiro? Del personal de la biblioteca sólo quedó un viejecito, el señor Crispino, reclutado para que explicase a los oficiales la localización de los volúmenes. Era un tipo bajito, con el cráneo calvo como un huevo y ojos como cabezas de alfiler detrás de las gafas con patillas. El general Fedina se preocupó ante todo de la organización logística, porque las órdenes eran que la comisión no saliera de la biblioteca antes de haber llevado a su término la investigación; era un trabajo que requería concentración y no debían distraerse. Se procuraron suministros de víveres, alguna estufa del cuartel, una provisión de leña, a la que se añadió alguna colección de viejas revistas consideradas poco interesantes. Nunca había hecho tanto calor en la biblioteca en aquella estación. En lugares seguros, rodeados de trampas para los ratones, se colocaron los catres donde el general y sus oficiales dormirían. Después se procedió a la adjudicación de las tareas. Se asignó a cada uno de los tenientes determinada rama del saber, determinados siglos de historia. El general controlaría la clasificación de los volúmenes y los sellos diferentes aplicados según el libro fuera declarado legible para los oficiales, los suboficiales, la tropa, o bien denunciado al Tribunal Militar. Y la comisión comenzó su servicio. Todas las noches la radio de campaña transmitía el informe del general Fedina al comando supremo. «Examinados, tantos volúmenes. Considerados sospechosos, tantos.» Rara vez aquellas frías cifras iban acompañadas de alguna comunicación extraordinaria: la petición de un par de gafas de présbita para un teniente que había roto las suyas, la noticia de que un mulo se había comido un raro códice de Cicerón que había quedado sin custodia. Pero iban madurando acontecimientos de mucha mayor importancia, de los que la radio de campaña no transmitía noticias. La selva de libros, antes que ralear, parecía cada vez más enmarañada e insidiosa. Los oficiales se habrían perdido si no hubiese sido por la ayuda del señor Crispino. Por ejemplo, el teniente Abrogati se ponía de pie como movido por un resorte y arrojaba sobre la mesa el volumen que estaba leyendo: -¡Pero es inaudito! ¡Un libro sobre las guerras púnicas que habla bien de los cartagineses y crítica los romanos! ¡Hay que hacer en seguida la denuncia! (Es preciso decir que los pandurrios, con razón o sin ella, se consideraban descendientes de los romanos.) Con paso silencioso en sus pantuflas afelpadas, se le acercaba el viejo bibliotecario. -Y eso no es nada -decía-. Lea aquí, siempre sobre los romanos, lo que se escribe, podrá dejar constancia en el informe también de esto. Y esto, y esto -y le sometía una pila de volúmenes. El teniente empezaba a hojear los volúmenes, nervioso, después, más interesado, leía, tomaba notas. Y se rascaba la cabeza, farfullando: -¡Demonios! ¡Pero cuántas cosas se aprenden! ¡Quién lo hubiera dicho! El señor Crispino se desplazaba hacia el teniente Lucchetti que cerraba un tomo con furia, diciendo: -¡Muy bonito! Aquí tienen el coraje de expresar dudas sobre la pureza de los ideales de las Cruzadas! ¡Sí señor, de las Cruzadas! Y el señor Crispino, sonriendo: -Ah, mire que, si tiene que hacer un informe sobre ese tema, puedo sugerirle algún otro libro donde encontrará más detalles, -y le bajaba medio anaquel. El teniente Lucchetti arremetía y durante una semana se lo oía hojear y murmurar: -¡Pero hay que ver, estas Cruzadas, qué historia! En el comunicado vespertino de la comisión, la cantidad de libros examinados era cada vez mayor, pero ya no se transmitía ningún dato sobre los veredictos positivos o negativos. Los sellos del general Fedina quedaban sin usar. Si, tratando de controlar el trabajo de los tenientes, preguntaba a uno de ellos: « ¿Pero cómo has dejado pasar esta novela? ¡La tropa queda mejor parada que los oficiales! ¡Es un autor que no respeta el orden jerárquico!», el teniente le contestaba citando otros autores enredándose en razonamientos históricos, filosóficos y económicos. Se producían discusiones generales que duraban horas y horas. El señor Crispino, silencioso en sus pantuflas, casi invisible con su guardapolvo gris, intervenía siempre en el momento justo, con un libro que a su entender contenía detalles interesantes sobre el tema en cuestión, y que siempre producía el efecto de poner en crisis las convicciones del general Fedina. Entre tanto los soldados poco tenían que hacer y se aburrían. Uno de ellos, Barabasso, el más instruido, pidió a los oficiales un libro para leer. Quisieron darle sin más uno de los pocos que ya habían sido declarados legibles para la tropa; pero pensando en los miles de volúmenes que aún quedaban por examinar, al general no le pareció bien que las horas de lectura del soldado Barabasso fueran horas perdidas para los fines del servicio, y le dio un libro que estaba por examinar, una novela que parecía fácil, aconsejada por el señor Crispino. Una vez leído, Barabasso debía informar al general. Otros soldados también pidieron y consiguieron lo mismo. El soldado Tommasone leía en voz alta a un camarada analfabeto, y éste daba su parecer. En las discusiones generales empezaron a participar también los soldados. Sobre la consecución de los trabajos de la comisión no se conocen muchos detalles: lo que sucedió en la biblioteca durante las largas semanas invernales no fue objeto de informe. El hecho es que al Estado Mayor de Panduria llegaban cada vez menos informes radiofónicos del general Fedina, hasta que llegó el momento en que dejaron de llegar por completo. El comando supremo empezó a alarmarse; transmitió la orden de concluir la investigación cuanto antes y de presentar una relación exhaustiva. La orden llegó a la biblioteca cuando en el alma de Fedina y de sus hombres luchaban sentimientos encontrados: por un lado descubrían a cada momento nuevas curiosidades que satisfacer, iban tomando gusto a aquellas lecturas y aquellos estudios como jamás lo hubieran imaginado; por otro lado no veían la hora de volver con las gentes, de retomar contacto con la vida que les parecía ahora mucho más compleja, casi renovada ante sus ojos; y por otro más, al acercarse el día en que deberían abandonar la biblioteca, se sentían llenos de aprensión, porque debían rendir cuentas de su misión, y con todas las ideas que les brotaban en la cabeza ya no sabían cómo salir del atolladero. Por la noche miraban desde los vitrales los primeros brotes en las ramas iluminadas por el crepúsculo, y las luces de la ciudad que se encendían, mientras uno de ellos leía en voz alta los versos de un poeta. Fedina no estaba con ellos: había dado orden de que lo dejaran solo en su mesa, porque debía redactar la relación final. Pero de vez en cuando se oía sonar la campanilla y la voz que llamaba: « ¡Crispino! ¡Crispino!». No podía seguir adelante sin la ayuda del viejo bibliotecario, y terminaron por sentarse a la misma mesa y redactar juntos la relación. Por fin una buena mañana la comisión salió de la biblioteca y fue a informar al comando supremo; y Fedina ilustró los resultados de la investigación delante del Estado Mayor reunido. Su discurso fue una especie de compendio de la historia de la humanidad, desde los orígenes hasta nuestros días, en la que todas las ideas más indiscutibles para los bien pensantes de Panduria eran criticadas, las clases dirigentes denunciadas como responsables de las desventuras de la patria, el pueblo exaltado como víctima heroica de guerras y políticas equivocadas. Fue una exposición un poco confusa, con afirmaciones a menudo simplistas y contradictorias, como ocurre a quien ha abrazado hace poco nuevas ideas. Pero sobre el significado general no cabían dudas. La asamblea de los generales de Panduria palideció, desencajó los ojos, recuperó la voz, gritó. El general no pudo terminar siquiera. Se habló de degradación, de proceso. Después, por temor a escándalos más graves, el general y los cuatro tenientes fueron declarados en retiro por motivos de salud, debido a «un grave agotamiento nervioso contraído durante el servicio». Vestidos de paisano, se los veía entrar a menudo, con sus abrigos y arropados para no congelarse, en la vieja biblioteca donde los esperaba el señor Crispino con sus libros.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Termópilas

Honor a aquellos que en sus vidas
se dieron por tarea el defender Termópilas.

Que del deber nunca se apartan;
justos y rectos en todas sus acciones,
pero también con piedad y clemencia;
generosos cuando son ricos, y cuando
son pobres, a su vez en lo pequeño generosos,
que ayudan igualmente en lo que pueden;
que siempre dicen la verdad,
aunque sin odio para los que mienten.
Y mayor honor les corresponde
cuando prevén (y muchos prevén)
que Efialtes ha de aparecer al fin,y que finalmente los medos pasarán

jueves, 7 de marzo de 2013

Crónica de la columna vertebral


Para levantar las pirámides
doscientos mil hombres, a lo largo
 
de tres generaciones, cargaron y arrastraron
 
millones de toneladas de piedra.
Dos imágenes de restos óseos
revelan el costo de las obras:
la columna vertebral de los obreros
aparece curvada en dos secciones,
muestra fisuras, bordes corroídos,
luxaciones, agobio eterno.
La de los faraones, sacerdotes y altos
funcionarios, se ven erguidas
y frescas como recién nacidas.
Después de 4.000 años,
vértebra sobre vértebra, crujido a crujido,
el espinazo innumerable
sigue cargando el peso
del sueño y la podredumbre de los señores.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Justo el 31


Hace cinco días,
loco de contento
vivo en movimiento
como un carrusel...
Ella que pensaba
amurarme el uno,
justo el treinta y uno
yo la madrugué...
Me contó un vecino,
que la inglesa loca,
cuando vio la pieza
sin un alfiler,
se morfó la soga
de colgar la ropa
(que fue en el apuro,
lo que me olvidé...).

Si se ahorca no me paga las que yo pasé.

Era un mono loco
que encontré en un árbol
una noche de hambre
que me vio pasar.
me tiró un coquito...
¡yo que soy chicato...
me ensarté al oscuro
y la llevé al bulín!...
Sé que entré a la pieza
y encendí la vela,
sé que me di vuelta
para verla bien...
Era tan fulera,
que la vi, di un grito,
lo demás fue un sueño...
¡Yo, me desmayé!

La aguanté de pena
casi cuatro meses,
entre la cachada
de todo el café...
Le tiraban nueces,
mientras me gritaban:
"¡Ahí va Sarrasani
con el chimpancé"!...
Gracias a que el "Zurdo",
que es tipo derecho,
le regó el helecho
cuando se iba a alzar;
y la redoblona
de amurarme el uno
¡justo el treinta y uno
se la fui a cortar!

lunes, 17 de diciembre de 2012

Viajes (de Historias de cronopios y de famas)

Cuando los famas salen de viaje, sus costumbres al pernoctar en una ciudad son las siguientes: Un fama va al hotel y averigua cautelosamente los precios, la calidad de las sábanas y el color de las alfombras. El segundo se traslada a la comisaría y labra un acta declarando los muebles e inmuebles de los tres, así como el inventario del contenido de sus valijas. El tercer fama va al hospital y copia las listas de los médicos de guardia y sus especialidades.
Terminadas estas diligencias, los viajeros se reúnen en la plaza mayor de la ciudad, se comunican sus observaciones, y entran en el café a beber un aperitivo. Pero antes se toman de las manos y danzan en ronda. Esta danza recibe el nombre de "Alegría de los famas".
Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: "La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad". Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.
Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a verlas porque ellas ni se molestan.

domingo, 9 de diciembre de 2012

palestinos

                                              a leila, a jaled


      sus raíces carnales al aire claman a un cielo de napalm,
una bóveda roja de lobos devora los corderos celestes
de la antigua patria y patea las cenizas del hogar,
los niños arden entre sus brazos como teas.
Te has pasado de infiernos, señor, en mis
pies deambulan eras de pies trashumantes,
amo de este barrio sideral, jehová, deus, alá,
responde donde estés si es que estás, se acabaron
los desalojos del planeta, los inquilinos elegidos y los parias,
la tierra es de quien la sangra y todos caben bajo las uvas del sol,
dios quiera, dios, no te cuelguen el triste hatillo de los éxodos
y sepas cuánto pesa la cruz de tus errabundos,
esto será un carro de amor para todas las criaturas,
o hay mundo para todos o no hay mundo para nadie


                                                  

viernes, 28 de septiembre de 2012

Piedra negra sobre una piedra blanca

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París —y no me corro—
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

domingo, 16 de septiembre de 2012

El imaginaria



El imaginaria camina entre las sombras que proyecta la doble hilera de camas ergarzadas unas sobre otras, va y viene por los pasillos, avanza entre las cabeceras de fierro con barrotes que parecen rejas y los cofres, que andá a saber por qué se los llama cofres si son armarios sin puertas adosados a las paredes laterales de la cuadra, con los estantes al descubierto, mostrando apiladas, en orden, las cosas de cada soldado. La noche es el momento propicio para reponer la caramañola que te desapareció. La noche es también el momento del descanso, pero se diría que se asemeja más a una tregua en la que quizá puede recuperarse el cuerpo pero no el alma. Porque al dormirte sos succionado por ese sueño laberíntico y pantanoso que repite las penurias del día. Te deslizás resbalando en ese abismo, cayendo y cayendo, con el vértigo secándote la lengua, sin poder agarrarte de nada. A veces, el imaginaria se frena y mira entre los barrotes de una cama a un soldado, que, como vos, ahoga el grito de la pesadilla. A veces, espía el jadeo y el sube y baja de un cuerpo bajo las frazadas. A veces se regocija cortándole la paja a alguno. A veces, se acerca a un insomne y se parapeta conversando con él en voz muy baja, y cuanto más baja más se escucha en el silencio, se pasan el cigarrillo, y la brasa es una luciérnaga roja que se aviva, en la penumbra, con cada pitada.
    El mejor turno de imaginaria es el primero. Después, le pegás al sueño de corrido. El último tampoco es malo. Sólo que después tenés que aguantar todo el día cabeceando, con los párpados que se te cierran, el cansancio pesándote en los reflejos y en la espalda. El peor turno es el penúltimo. Te corta la noche Y cuesta después volver a dormirse. Apenas cerraste los ojos, el silbato a diana te astilla el cerebro. Te incorporás en cámara lenta. Y todo el día será la antesala gomosa de esos milagrosos minutos en que vas a poder tirarte a descansar lejos del alcance de las órdenes. Trabajés en el taller de mantenimiento, en un depósito o en una oficina, vas a estar a la caza de esos minutos en los que te vas a tirar en el piso, o sentado vas a cruzar los brazos sobre las rodillas encogidas, apoyando la frente afiebrada para recobrar los fragmentos del sueño perdido en la noche. Si aprovechás esos paréntesis, bastan unos minutos de sueño para sentir, cuando te despertás, que te cambió momentáneamente la sangre.
    Pero si hay una imaginaria que todos quieren escabullir es la imaginaria en las muleras. Te subís las solapas del capote, te abrochás las orejeras del pasamontaña bajo la mandíbula y, con las manos congeladas en los bolsillos, atravesás el regimiento envuelto en la luz fantasmal de la nieve y trepás la escarpa hacia los establos. Hay cerca de ochenta mulas en cada establo. Están separadas por una larga división de madera con comederos a ambos lados. Una sola lamparita, en la entrada, queda encendida toda la noche. Todavía perdura en tu boca pastosa la saliva caliente del sueño. Pero no podés aflojar a la tentación de acurrucarte sobre unos fardos. En la tiniebla del establo, te encaramás por encima de los comederos y, con la ayuda de un palo, desparramás unos golpes sin ganas sobre los lomos inquietos. Si una mula se cae, las otras la patean. Una mula muerta es señal de que te dormiste en tu turno de imaginaria. Además, pensá, primero te van a masacrar en un baile, después te vas a comer el calabozo. Y, cuando salgas, seguirán las complicaciones de un sumario, te pondrán la mula a cargo y hasta que no terminen de descontártela del sueldo que nunca cobrás no te van a largar de baja. Te despabilás, descargás la bronca con el palo golpeando aquí y allá cuellos y ancas. Eso sí, no pierdas el equilibrio, no trastabilles. "Sooooo". Y otro palazo.
    Ahora el imaginaria de la cuadra se repliega en el fondo del galpón y, desde ese ángulo, contempla la perspectiva de patas y barrotes metálicos. La doble hilera de camas, con sus líneas verticales, imita una avenida tenebrosa con jaulas en vez de casas. Al imaginaria le sugiere el corredor de un penal. Escucha el silencio. Es una marea sorda y densa que anega sus oídos. A medida que camina por la cuadra pasa junto al rumor de una respiración acatarrada, un ronquido, un lamento, una tos. El imaginaria es una sombra entre las sombras. Puede estar a los pies de tu cama o en el otro extremo de la cuadra. Su olor es el tuyo, así como el olor de los otros es también tu olor. Un vaho tibio en el que se confunden sudores, alientos, flatulencias y poluciones. La tela áspera de la bolsa de rancho tiene el mismo olor nauseabundo que las frazadas. El mismo olor tiene tu camiseta que tu almohada. Y el mismo olor rancio exhalan los borceguíes cuando te los sacás. Afuera nieva. Y mientras siga nevando, ni miras de bañarse. Ya perdiste la cuenta del tiempo que llevás sin bañarte. Por lo menos, un mes y pico. Toda la higiene de la compañía se circunscribe a enjuagarse caras y manos con agua helada en los piletones. Los calzoncillos largos se paran solos de la mugre que tienen. Alrededor de las braguetas, la frisa vacila entre el ocre y el marrón. A algunos, la roña se le ha vuelto un musgo blanquecino alrededor del glande. Pero, cuando viene la noche, el agotamiento puede más que la mugre y los piojos. Nadie se gasta en rascarse. Los cuerpos se abandonan extenuados y comienzan a bracear en el barro cálido del sueño. En las sombras, la sombra del imaginaria revisa un cofre y saca algo.
    –¿Qué hacés, loco?–murmura un soldado, detrás, en una de las camas de abajo.
    –Me pareció que había una rata.
    –Si me llega a faltar algo mañana te rompo el culo.
    El imaginaria debe estar alerta y velar por el descanso de sus camaradas. Mis camaradas, piensa. Y se pregunta qué tiene él en común con el polaco Wasilevsky, ese al que nadie pasa ni cinco de bola porque estuvo preso por robo y estupro, básicamente, por la violación. O con el Topo, que traficaba cocaína en Monte Grande. O con Almirón, ese peón de estancia que se coje una oveja con la misma satisfacción que te rompe las falanges en una pulseada. Al caminar entre las camas, entre los cuerpos entregados al letargo, el imaginaria se demora en cada cama, constata quién duerme arriba y quién duerme abajo y se acuerda de sus nombres, de los datos que cada uno suministra sobre su historia y, comprueba de pronto que está solo en la noche, solo en el mundo, librado a su suerte y a la lucidez precaria del insomne. Por un instante, estar despierto le confiere una cierta superioridad. Es un pariente de Dios auscultando estos destinos entregados a sus sueños. Este poder es efímero. Y no le atenúa sentirse más solo que nadie en la tierra. Sus pensamientos se contagian de una melancolía punzante. Puede sentirla anudándole la garganta. Tiene un vacío en el estómago. Puede ser desesperación. Pero también es probable que sea hambre.
    Durante un rato se queda quieto, atisbando, hundido en sus ideas. Pero ahora vuelve a caminar, sigiloso. Porque el imaginaria, además de velar por el descanso de sus camaradas, tiene que registrar cualquier novedad e informarla. Pero no habrá ninguna novedad. A ningún soldado le conviene que se produzca una novedad en su imaginaria. De modo que sigue deslizándose entre las sombras con la cautela nerviosa de un gato, estudiando la oportunidad para conseguir antes del fin de su turno, ese cuchillo que le desapareció.

martes, 4 de septiembre de 2012

Poderoso caballero es don Dinero


Madre, yo al oro me humillo, 
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Son sus padres principales,
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
Al rico y al pordiosero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

¿A quién no le maravilla
Ver en su gloria, sin tasa,
Que es lo más ruin de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Mas pues que su fuerza humilla
Al cobarde y al guerrero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Es tanta su majestad,
Aunque son sus duelos hartos,
Que aun con estar hecho cuartos
No pierde su calidad.
Pero pues da autoridad
Al gañán y al jornalero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La Atlántida


Cuando aquella vasta isla que los antiguos llamaban Atlántida comenzó a hundirse en el océano, los más sagaces de sus habitantes decidieron embarcarse y mudarse a otro continente. Lamentablemente sus barcos eran pequeños y bastó una sola tempestad para tragarse a todos los emigrantes. Pero la gran mayoría de los atlánticos se habían quedado en la isla; de hecho, todas las profecías preveían un gradual relevamiento del nivel de las tierras, y los isleños, como sucede a menudo, creían más en las profecías que en la realidad de lo que veían con los ojos y tocaban con la mano. Por eso, inundadas las llanuras costeras y amenazadas por las olas las primeras colinas, los periódicos atlánticos continuaban alentando a la población: "Hemos tenido una nueva confirmación, venida de las más altas esferas científicas de la isla, de que está prevista la progresiva elevación de la plataforma continental atlántica, cuyo movimiento parece haber sido tan repentino que ha arrastrado consigo las aguas del océano; esto explica el hecho de que éstas hayan alcanzado en algunas localidades un nivel falsamente preocupante. En la espera del retorno, sin duda inminente de las aguas geológicamente impelidas, los habitantes y animales sobrevivientes se han refugiado en las montañas que rodean a la capital. El gobierno ha tomado las medidas apropiadas para evitar este temporario peligro, mediante oportunos diques y barreras, mientras los sacerdotes amorosamente se ocupan de bendecir los restos flotantes".
Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: "Valor, excelencia, lo peor ya pasó".

lunes, 30 de julio de 2012

La dieta de la pitón


Se asomó entre las rejas y preguntó qué pasaba. El tipo de adentro se arrimó y dijo:
–Está cerrado.
–Ya veo. ¿Qué pasó?
El de adentro enarcó las cejas:
– ¿No leyó el diario? La pitón. Palmó la pitón.
–Uh... ¿Cómo fue?
–Los pendejos, ayer. Les tiran cualquier cosa a los animales. Un descontrol. Siempre, durante las vacaciones de invierno, pasa algo así. El año pasado, la jirafa grande terminó con esguince de rodilla: un palazo.
–Qué animales. Habría que enjaularlos a ellos.
–Es lo que yo digo.
– ¿Y con la víbora qué pasó?
–Se comió un guante de lana que le tiraron. Le cayó mal.
–Pero si esos bichos se comen ovejas enteras, con lana y todo.
–¿De dónde sacó eso?
–De El principito. ¿Se acuerda del dibujo?
El de adentro hizo un gesto desdeñoso:
–Era otro ofidio. La pitón es una serpiente fina, no le come cualquier cosa. Es asiática, y se alimenta nada más que con unos ratoncitos de Singapur, de los que hay allá.
–Como los panda.
–Son herbívoros los panda.
–Digo que los panda sólo comen bambú. Si no tenés bambú, cagaste, no podés tener pandas.
–Son importados.
– ¿Qué cosa?
–Los ratoncitos que le digo. Carísimos. Y ahora más.
– ¿Los traen de allá?
–Traían, pero cerraron la importación, con este hijo de puta de Moreno y las restricciones a la salida de divisas... Le empezaron a dar cuises.
– ¿Cuises?
El de adentro asintió con un gesto de desaprobación:
–Dicen que es lo mismo. “Sustitución de importaciones”, dicen. Pero así el bicho se desorienta con la dieta y terminan pasando estas cosas. Cuando estaba el Ruso acá esto no pasaba.
– ¿Qué Ruso?
–El que puso el Turco.
–Ah, sí... ¿Pero ése qué sabía de animales?
–Por lo menos de gatos sabía.
Festejaron levemente los dos.
–Ahora... no entiendo –dijo el de afuera, como en confianza–. ¿Acá cada vez que se les muere un bicho de mierda cierran por duelo?
–No. En realidad hay paro de personal porque quisieron sancionar al cuidador del serpentario. Acá hacen huelga por cualquier boludez: ahora piden más gente. Un cuidador cada tres animales. Son tremendos los municipales.
–Así estamos. Prisioneros de los gremios.
–El año pasado, durante la toma del zoológico, se comieron un par de maras, esas que ve ahí, las liebres patagónicas. Se hicieron un asado. Una vergüenza.
–Y nadie hace nada.
–Qué van a hacer.
–Cada dos por tres cortan la calle.
–Flor de quilombo cortar acá, en Plaza Italia.
–No. Adentro, que es peor. Por ejemplo, te cortan la principal y el sendero que va a la parte de los monos o el elefante, que es lo que la gente más viene a ver.
–Y aprovechan los fines de semana, seguro, cuando viene más público.
–Claro. Ahora, con lo de la pitón, va a ser otro asunto de nunca acabar.
– ¿Por?
–La burocracia. Están los de Sanidad Animal, los de la Sociedad Protectora de Animales que rompen las bolas. Hubo que hacer una autopsia. Un animal occiso en circunstancias irregulares genera mucho papeleo. El caso está caratulado como “muerte de ofidio por ingestión de objeto extraño”.
–¿Y qué hicieron con la pitón?
–La abrieron y le sacaron el guante. Es de mujer, de colores, de esos sin dedos. Y hay quien pide hacer una prueba de ADN.
–¿Para?
–Identificar al o a la responsable.
–¿Y qué le pueden hacer?
–No es un delito, aunque creo que debería. Es una contravención, una violación del código de faltas, y seguro que le cabe una buena multa, e incluso se le puede prohibir la entrada por un mínimo de seis meses y un máximo de tres años.
–Está bien.
–Claro que sí. A propósito, y ya que lo nombró: ¿sabe quién es el autor de El principito?
–Saint-Exupéry.
–No. Es Maquiavelito.
–Ah... Qué chiste más tonto...
–Je.
El de adentro se alejó unos pasos y el otro lo detuvo:
–Oiga, ¿y usted qué hace?
–Nada, estoy acá todo el día.
– ¿Y no se aburre?
–Bastante. Suerte que cada tanto cae algún boludo que no sabe que el zoológico no abre los lunes.

sábado, 28 de julio de 2012

El lobo


Nunca en las montañas francesas había habido un invierno tan terriblemente frío y largo. Hacía semanas que el aire se mantenía claro, áspero y helado. Durante el día, los grandes campos de nieve de un blanco mate yacían inclinados e interminables bajo el cielo estridentemente azul; de noche pasaba por encima de ellos; una luna gélida, de un brillo amarillento, la personificación misma de la helada. Los hombres evitaban todos los caminos y sobre todo, las alturas; apáticos y llenos de maldiciones, permanecían en las cabañas de sus aldeas, cuyas ventanas, enrojecidas, brillaban y se extinguían junto a la luz de la luna.
Eran tiempos difíciles para los animales de la región. Los más pequeños perecían helados en gran cantidad; también los pájaros sucumbían a la helada, y los flacos cadáveres servían de botín a los azores y a los lobos. Pero también éstos pasaban tremendas penalidades a causa del frío y el hambre.  Sólo unas pocas familias de lobos habitaban el lugar, y la necesidad los empujó a estrechar los vínculos. Se pasaron días andando solos. Aquí y allá, uno de ellos avanzaba por la nieve, flaco, hambriento y al acecho, silencioso y esquivo como un fantasma. Su delgada sombra se deslizaba junto a él por la nevada superficie. Tendía al viento, husmeando, su hocico puntiagudo, y dejaba oír
de vez en cuando un aullido seco y atormentado. Pero por la noche se juntaban todos y rodeaban las aldeas con roncos aullidos. En ellas, el ganado y las aves de corral estaban a buen recaudo, y, tras los sólidos postigos, había
carabinas apoyadas en la pared. Pocas veces obtenían un pequeño botín, por ejemplo, un perro, y habían sido ya abatidos dos miembros de la manada.
El frío persistía. A menudo, los lobos yacían juntos, silenciosos y ensimismados, dándose calor unos a otros, y acechaban ansiosos el yermo sin vida, hasta que uno, atormentado por los crueles martirios del hambre, saltaba de pronto con tremendos aullidos. Los demás volvían entonces sus hocicos hacia él y estallaban todos juntos en un alarido terrible, amenazador y plañidero.
Finalmente, la parte más pequeña de la manada se decidió a emigrar. De madrugada, abandonaron sus guaridas, se reunieron y, llenos de miedo y excitación, husmearon el aire helado. Luego partieron con un trote rápido y regular. Los que se quedaban los siguieron con unos ojos muy abiertos y vidriosos, trotaron tras ellos algunas decenas de pasos, se detuvieron indecisos y desconcertados, y regresaron lentamente a las guaridas vacías.
Los emigrantes se separaron al llegar el mediodía. Tres de ellos se dirigieron al Este, hacia el Jura suizo, y los demás continuaron hacia el Sur. Los tres primeros eran unos animales hermosos y fuertes, pero terriblemente enflaquecidos. El vientre estrecho y de color claro era delgado como una correa; las costillas sobresalían de un modo lamentable; las fauces estaban secas, y los ojos, abiertos y desesperados.
Los tres penetraron juntos en el Jura, y al segundo día cazaron un carnero; al tercer día, un perro y un potro; pero se vieron acosados furiosamente por todas partes por la población campesina. En la comarca, abundante en pueblecitos y pequeñas ciudades, cundió el pánico ante aquellos intrusos inesperados.
Los trineos del correo fueron armados, y nadie podía ir de un pueblo a otro sin fusil. En la región desconocida, después de un botín tan bueno, los tres animales se sentían a la vez cómodos y amedrentados; se volvieron más temerarios que nunca y penetraron en pleno día en el establo de una hacienda. Bramidos de vacas, de caballos y jadeos anhelantes llenaron el espacio cálido y angosto. Pero esta vez hubo gente que intervino. Se puso precio a los lobos y esto redobló el valor de los campesinos. Dos de ellos sucumbieron; uno con el cuello atravesado por una bala de un fúsil; el otro, abatido a hachazos.
El tercero escapó y corrió hasta caer medio muerto en la nieve. Era el más joven y hermoso de los lobos, una bestia orgullosa, de enorme fuerza y formas esbeltas. Permaneció largo tiempo jadeante en el suelo. Círculos de un rojo sangriento flotaban en remolino ante sus ojos, y de vez en cuando lanzaba un doloroso gemido sibilante. Un hachazo le había alcanzado el lomo. Pero se recuperó y pudo volver a levantarse. Sólo entonces se dio cuenta de lo mucho que se había alejado. No se veían seres humanos ni edificios por parte alguna.
Muy cerca se alzaba una gran montaña cubierta de nieve. Era el Chasseral. Decidió rodearla. Como le atormentaba la sed arrancó pequeños bocados de la dura costra helada de la nevada superficie.
Al otro lado de la montaña se encontró en seguida con una aldea. Caía la noche Esperó en un espeso bosque de abetos. Después se deslizó con precaución alrededor de los vallados, siguiendo el olor a establos calientes.
No había nadie en la calle. Con temor y codicia, anduvo parpadeando por entre las casas. Sonó un disparo. Levantaba la cabeza y tomaba impulso para echar a correr, cuando estalló un segundo disparo. Le había alcanzado. Su vientre blanquecino aparecía manchado de sangre en uno de los flancos, y la sangre caía en gruesas gotas persistentes. No obstante, consiguió escapar a grandes saltos y alcanzar el bosque del otro lado de la montaña. Allí esperó unos instantes al acecho y oyó voces levantó los ojos hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y de
difícil ascenso. Pero no había otra alternativa. Jadeante, abajo, una confusión de blasfemias, órdenes y luces de linternas se extendía a lo largo de la montaña. El lobo herido se enfilaba tembloroso a través del bosque de abetos en la penumbra, mientras la sangre parduzca iba goteando lentamente de su flanco.
El frío había disminuido. Al Oeste, el cielo aparecía vaporoso y parecía anunciar una nevada.
Al fin, el agotado animal llegó a la cumbre. Estaba sobre una gran extensión nevada, ligeramente inclinada, cerca del Mont Crosin, muy por encima de la aldea de la que había escapado. No tenía hambre, pero sentía un dolor persistente y apagado que le venía de la herida. Un ladrido ronco y enfermizo salía de su hocico colgante; el corazón le palpitaba de un modo pesado y doloroso, y sentía la mano de la muerte oprimiéndole como una carga indeciblemente díficil de soportar. Le atraía un abeto de ancho ramaje, separado de los demás. Allí se sentó y dirigió una mirada turbia a la terrible noche nevada.
Pasó media hora. Entonces cayó sobre la nieve una luz de un rojo tenue, suave, extraña.
El lobo se incorporó con un gemido y volvió la hermosa cabeza hacia la luz. Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el Sureste y se alzaba lentamente en el cielo turbio. Hacía muchas semanas que no había sido tan grande y roja. Los ojos del animal agonizante se clavaban tristemente en el opaco disco lunar, y nuevamente un débil aullido resonó con un estertor, sordo y doloroso, en la noche.
Se aproximaron pasos y luces. Campesinos embutidos en gruesos capotes, cazadores y jóvenes con gorros de piel y pesadas polainas, venían pisando la nieve. Sonaron gritos de júbilo. Habían descubierto el lobo moribundo; dispararon contra él dos tiros, que no dieron en el blanco. Luego vieron que se estaba muriendo, y cayeron sobre él con palos y estacas. Pero él ya no sentía nada.
Con los miembros destrozados, lo bajaron arrastrándole hasta St. Immer. Reían, se ufanaban, se prometían unos buenos vasos de aguardiente y café, cantaban, renegaban. Ninguno de ellos veía la belleza del bosque nevado,
ni el brillo de las cumbres, ni la luna roja que flotaba sobre el Chasseral  y cuya luz tenue se reflejaba en los cañones de sus fusiles, en los cristales de la nieve y en los ojos vidriosos del lobo muerto. 

miércoles, 25 de julio de 2012

Domingo

Abrió la heladera. Observó que había comida y bebidas, al menos para pasar esa noche.
Después miró a su alrededor, la única habitación completamente en desorden. Sabía que quedaba un poco de coca, y marihuana en la cigarrera de metal. Serviría para dormir, cuando llegara el momento.
Tenía  también asuntos pendientes en los que podría pensar, un par de libros en los anaqueles, y varias películas para elegir. Y sus discos de jazz y de Leonard Cohen, y hasta una mujer, supuso, si quisiera tenerla. Era cuestión de una llamada.
Pensó que no debería preocuparse tanto. Después de todo, sólo era un domingo más.
Luego volvió a cerrar la ventana, abandonando la idea de tirarse.

martes, 24 de julio de 2012

Cuadro gaucho

Sobre un pingo de mi flor,
-zaino oscuro, parejero-,
y luciéndole el apero
con más plata que un primor,
cruza Orozco, el payador,
al tranquito, la lomada;
lleva a la espalda terciada,
como una prenda que adora,
la guitarra vibradora,
bajo el poncho resguardada.

jueves, 19 de julio de 2012

Lluvia

En Lima...en Lima está lloviendo
el agua sucia de un dolor
qué mortífero. Está lloviendo
de la gotera de tu amor.

No te hagas la que estás durmiendo,
recuerda de tu trovador;
que yo ya comprendo...comprendo
la humana ecuación de tu amor.

Truena en la mística dulzaina
la gema tempestuosa y zaina,
la brujería de tu "si".

Mas, cae, cae el aguacero
al ataúd de mi sendero,
donde me ahueso para ti...


sábado, 7 de julio de 2012


Me inicié en la literatura un día de 1936, a los siete años, cuando la maestra nos dijo que escribiéramos una composición tema: “Mi madre”.
Muchas cosas me vinieron a la cabeza, pero no podía escribir nada. Entonces observé que mis compañeros escribían con una enorme facilidad y tuve ganas de llorar: yo era un chico de la calle, me costaba mucho expresarme y era el menos aplicado de todos. De golpe, sentado frente a la hoja en blanco pude ver a mi madre. Caminaba por un inmenso mercado repleto de verduras, frutas y flores, un mercado donde se oían las voces de quienes compraban y vendían, voces como de fiesta.
En medio de todo eso, veía a mi hermosa y joven mamá que, aunque éramos muy pobres en aquella época de crisis, siempre compraba un ramo de flores, un pequeño y muy humilde
ramo de flores. La cabeza se me pobló de imágenes; veía las mudanzas de mi familia que deambulaba de barrio en barrio durante la década del treinta.
Y todo eso se me vino de golpe en una sola metáfora de lo que era mi vida a los siete años.
Y cuando vi la hoja en blanco, ese papel blanco que todo escritor teme y desea a la vez, yo escribí simplemente: “Mi mamá compra flores”.
Esa era mi composición.
Solamente pude escribir esas cuatro palabras.
La maestra, que seguramente no conocía la pedagogía moderna –que se debía estar inventando en ese preciso momento- me puso un bonete de burro y me dijo: “Nunca en la vida podrás escribir, ni siquiera una carta”.
Ese día, ese preciso día, decidí ser escritor.

miércoles, 4 de julio de 2012

A Carlitos Chaplin

Más triste que en un florero,
colgante y mustia, una rosa,
más triste que en jaula hermosa
encontrar muerto un jilguero.
Más que noche sin lucero,
más que tarde cuando llueve,
mano falsa o beso aleve,
más triste que todo, en fin,
la galera de Chaplin
abandonada en la nieve.

sábado, 30 de junio de 2012