Tarde de lecturas, (2008) xilografía de Marinés Tapia Vera, 1er premio de Grabado del LIII Salón de Artes Plásticas Manuel Belgrano

El rastreador

El rastreador recorre bibliotecas concretas y virtuales buscando esos textos que alguna vez tenemos que leer.

lunes, 23 de enero de 2012

Ingenieros y el examen

Ingenieros le pregunta a un alumno, a quemarropa, en la mesa de exámenes: '¿Usted cree que la Tierra es redonda?'
El alumno, trémulo, halló ánimo para contestar: 'Sí.'
'¿Y usted cree también que la Tierra gira alrededor del sol?', continuó Ingenieros con violencia creciente.
La víctima, aterrada, hizo temblando un gesto afirmativo.
'Y entonces' -tronó Ingenieros, dando un golpe sobre la mesa-, '¿cómo no se cae?, ¡explíqueme cómo no se cae el mundo!'
Frente a la terrible angustia, el verdugo cambió bruscamente de tono y, con voz suave, tendió el salvavidas al náufrago: '¿Ha visto usted alguna vez un mapa?' 'Sí, señor.' '¿Y ha notado usted unas líneas que marcan la latitud y la longitud en el mapa?' 'Sí, señor.'
Cada vez más sonriente y cordial Ingenieros se levantó a estrechar la mano del que resucitaba. 'Esas líneas son los alambres que están sosteniendo al mundo.' Después de lo cual le puso la clasificación más alta, mientras explicaba a los otros profesores: 'Este, por lo menos, contesta cuando sabe y cuando no sabe se calla'.

jueves, 19 de enero de 2012

El misterioso esqueleto de pecera

Mi primer encuentro con la muerte no fue el paso de un cortejo fúnebre ni el cajón desolado de un velorio familiar, sino un esqueleto pequeño, pero no por eso menos perturbador, en el fondo de una pecera. Mi padre, que era un piscicultor bastante desenfrenado, tenía en su campo, a dos horas de la ciudad, un gran piletón lleno de peces, pero igualmente, para vigilar de cerca a sus reproductores, había sembrado también de peceras nuestra casa. Las construía él mismo, con vidrios muy gruesos y un pegamento especial, de una manera casi industrial, que no condescendía a ningún adorno. Sin embargo, había una, la más antigua, que estuvo desde siempre en el comedor de nuestra casa. Tenía rebordes de hierro, una lámpara que la iluminaba durante toda la noche, un fondo de arena con una estrella de mar, unas algas que ondulaban eternamente y allí, a medias hamacado por las algas, a medias enterrado en la arena, estaba el esqueleto diminuto y blanquecino, con sus huesitos delicadamente articulados, que las ondas del agua o el cruce rápido de los peces ponían a veces en movimiento. Cada tanto, a la noche, mi padre nos reunía a los cuatro hermanos y nos hacía mirar por turno el esqueleto con una lupa a través del vidrio. "Miren bien", nos decía, "es noche de luna llena, por eso Calchitruz empieza a sonreír". Era la introducción a la historia. No era el nuestro el esqueleto de un náufrago en un cuento canónico de piratas, sino del verdadero cacique Calchitruz, el hermano rebelde de Ceferino Namuncurá, el cacique indómito que no acepta ni la religión ni la paz del hombre blanco y se interna en el sur de la pampa para seguir peleando. En la historia, que ya no podría reconstruir ahora, había una persecución encarnizada, combates de distinta suerte, flechas envenenadas, cautivas, cabezas llevadas en vilo en la punta de una lanza. Finalmente, los últimos guerreros de Calchitruz son derrotados y el cacique, malherido, escapa solo y a pie entre los montes, porque han matado también a su caballo. Ya agonizante, se arrastra hasta un bebedero. Es el bebedero del campo de mis abuelos y allí lo encuentra mi padre, cuando apenas tenía doce años y bajaba en la tarde a juntar las vacas. Calchitruz le habla primero en mapuche y después en un español de pocas palabras. Sólo una cosa le pide: que no se encuentre nunca su cuerpo. Que lo oculte a todos, para que sus hermanos indios todavía crean que sigue peleando. Junto al bebedero estaba ya el gran piletón circular, donde mi padre criaba sus primeros peces. Calchitruz le hace una seña, como si aquél fuera el lugar destinado, y le dice, con el último aliento, que hará un maleficio para que nadie pueda arrancarlo de allí. Levanta dos dedos, murmura algo más en mapuche y queda exánime. Con gran esfuerzo mi padre alza y hunde el cuerpo en el piletón, y no se anima a bajar en los días siguientes. Cuando oscurece, y cada día al despertar, piensa en el alimento extraño y novedoso que están recibiendo sus peces. Hasta que una noche de luna llena escucha en el monte ruidos de caballo. Sale de la casa y, escondido entre los árboles, distingue una partida del ejército guiada por un baqueano, que llega hasta el piletón. Bajo la luz de la luna ve que sacan del agua el esqueleto chorreante y lo atan a uno de los caballos. Se trepa a un árbol y alcanza a distinguir a lo lejos, cuando están por desaparecer en el declive de una hondonada, un resplandor extraño, como un latido blanco en la noche. El resplandor no se extingue, y finalmente mi padre se decide a ir hasta la hondonada. Toda la partida está en el claro, petrificada. Sólo que ya no son más hombres y caballos, sino esqueletos. Esqueletos de jinetes sobre esqueletos de caballos. El resplandor, que alumbra la escena detenida, es el reflejo de la luna sobre los huesos desnudos. En este punto mi padre apagaba la luz de la lámpara. Dentro de la pecera, en el fondo repentinamente oscuro, como un asentimiento que lo confirmaba todo, el esqueleto emitía una luz débil y espectral. Mis hermanas mayores reían y empezaba la ronda de impugnaciones. No era cierto que Calchitruz ni ningún indio hubiera llegado a su campo. Claro que sí, respondía con tranquilidad mi padre, y nos mostraba unas fotos de morteros y puntas de flecha encontradas junto al bebedero, que nuestro abuelo había donado al museo de la ciudad. ¿Y cómo era posible que el esqueleto tuviera ese tamaño? Aquello había sido lo más difícil, admitía mi padre. Le había llevado varios años de trabajo en su laboratorio. La técnica la había aprendido de otros indios que reducían cabezas. Nos mostraba entonces las láminas de una enciclopedia, con cabezas horribles y diminutas. Se le había ocurrido aquella idea cuando tuvo que mudarse a la ciudad. Ahora podía cuidar de que nadie tratara otra vez de apoderarse del esqueleto de Calchitruz. Es mentira, mentira, chillaban mis hermanas, es un esqueleto de plástico. Los esqueletos de plástico no tienen esta 1uz, decía imperturbable mi padre, pero si no me creen, pueden hacer la prueba de sacarlo del agua. Quedábamos entonces los cuatro en suspenso. ¿Cómo? ¿Nadie se anima? El que reía ahora era mi padre. Bueno, entonces vamos a darles a los peces su comidita preferida.

viernes, 6 de enero de 2012

Gente

Hay gente que con sólo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales;
que con sólo sonreír entre los ojos,
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente que con solo dar la mano,
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas;
que con solo empuñar una guitarra
te regala una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca,
llega hasta los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas.
Y se queda después como si nada.

Y uno se va de novio con la vida,
desterrando una muerte solitaria,
pues sabe que a la vuelta de la esquina,
hay gente que es así, tan necesaria.

martes, 3 de enero de 2012

El petardo

Hace ya muchos años leí unas memorias de infancia de Walter Benjamín, en las que el filósofo se quejaba de que en las ciudades modernas no había sitios donde perderse. Yo podría contradecirlo en una multitud de ocasiones. Sin ir más lejos, el 31 de diciembre de 2005, por la tarde. Debía retirar una encomienda de una sucursal que la aduana tiene sobre la calle Comodoro Py. Decidí caminar y en un momento descubrí que las calles y las veredas dejaban de resultarme familiares. No me refiero a sus nombres y numeraciones, que jamás he logrado memorizar ni intuir, sino a la mera forma del paisaje. Retiro, como Colegiales, o la calle Florida, poseen una estructura, una escenografía, una forma de ser. Y de pronto me hallaba en un descampado como aquel paraje ignoto en el que caen los tripulantes de Dimensión Desconocida. Di vueltas en círculo, pregunté sin suerte y, poco antes de que se me venciera el horario de pasar a retirar el paquete, caí como empujado en un bar desde el que se veía el puerto, con tantas puertas y ventanas, todas abiertas, que las mesas parecían a la intemperie. El mozo se me acercó solícito y le pedí un café. Al instante me trajo un jugo de naranja exprimido.
Lo miré extrañado y le pregunté si era recién exprimido. Cuando me respondió afirmativamente, repliqué: -Pero yo pedí café.
-A mí no -me contradijo-. Se lo pidió a mi hermano. Le traje el jugo porque lo vi acalorado.
Miré al hermano, que vestía la misma ropa, y la misma cara. En la caja, atendía un hombre con distinta ropa pero la misma cara.
-¿Cuántos son? -pregunté, algo asustado.
-Trillizos -contestó el mozo que no había hablado.
Asentí y pregunté si sabían dónde era el sitio de la aduana. Me señalaron inequívocamente el camino, pero me pareció que ya era tarde. Entonces entró un vendedor ambulante de pirotecnia. Supongo que ese tipo de venta no está permitido. Los tres hermanos lo miraron con evidente desaprobación, y el de la caja le espetó: -Hágase un favor y devuelva esas porquerías.
El vendedor se marchó con palabras poco amables.
Como me habían regalado un jugo de naranja recién exprimido, comenté: -A mí tampoco me gusta la pirotecnia.
El mozo del café me trajo una pequeña caja de mimbre y me invitó con un gesto a abrirla. El bar estaba lleno de sorpresas. No fue la menor encontrar un petardo en el interior de la caja de mimbre.
-¿Qué significa? -pregunté.
-Es un petardo que no explotó- explicó el trillizo de la caja.
-Lleva 15 años sin explotar -agregó el mozo del jugo.
-¿Pero cuántas veces lo intentaron? -consulté.
-Sólo en 1990 -informó el tercero- Pero cada año cuenta.
-Tenía que retirar un libro con 101 cuentos prologados por Somerset Maugham -apunté-. Pero tengo la impresión de que con esta historia serán 102 y valdrá la pena el haberme perdido.
-Somos italianos de nacimiento -dijo el cajero-, en la guerra, la Segunda, quedamos del lado de los partisanos. Cuando llegaron los aliados, luchamos junto a los norteamericanos. En un bosque, mi hermano Victorino (señaló al mozo del jugo) vio como caía una granada en el medio de los tres, y se lanzó sobre ella para salvarnos. La granada no explotó. Pero Victorino intentó dar su vida por la nuestra. Remo (señaló al mozo al que le había pedido el café) y yo pasamos el resto de nuestra vida tratando de recompensarlo. Acá como nos ve, compartimos 80 años. Pero hasta hace quince, Victorino era el dueño del bar, y Remo y yo sus mozos. Nunca hubo dudas al respecto: todo lo que pudiéramos hacer por él era poco. Sin embargo, hace quince años, el nieto de Victorino, que por entonces tenía cinco años, se apareció en el jardín de la casa con un petardo encendido en la mano. Estábamos los tres tomando vermú, un 31 de diciembre como hoy, de 1990, con nuestras hijas y yernos, y de pronto aparece el pibe con el petardo encendido en la mano.
-¿Cómo ocurrió? -Suponemos que lo levantó del suelo -se apuró a detallar Victorino-. Mi casa en Colegiales es con jardín y los pibes andaban sueltos.
-Pero no explotó -remató Rómulo, el narrador.
-No explotó -repetí.
-No explotó -repitió Remo.
-Se le apagó en la mano como si lo soplara un ángel -describió Victorino-. Entonces le dije a mis hermanos que la deuda había terminado, y que el bar sería de los tres y compartiríamos igualitariamente el trabajo. Después de todo, habíamos caído del lado de los partisanos. ¿No es cierto? No pude contestar porque entró un muchacho de unos veinte años. Era buen mozo como Vittorio Gassman. Llamó “abuelo” a Victorino y le preguntó si pasaba a buscarlos con la camioneta para llevarlos a Colegiales. Los tres asintieron al unísono.

lunes, 2 de enero de 2012

Pasaje del año

El último día del año
no es el último día del tiempo.
Otros días vendrán
y nuevos muslos y vientres te comunicarán
el calor de la vida.
Besarás bocas, rasgarás papeles,
harás viajes y tantas celebraciones
de aniversario, graduación, promoción,
gloria, dulce muerte con sinfonía y coral,
que el tiempo quedará repleto y no oirás el clamor,
los irreparables aullidos
del lobo en la soledad.
El último día del tiempo
no es el último día de todo.
Queda siempre una franja de vida
donde se sientan dos hombres.
Un hombre y su contrario,
una mujer y su pie,
un cuerpo y su memoria,
un ojo y su brillo,
una voz y su eco,
y quien sabe si hasta Dios...
Recibe con simplicidad
este presente del acaso.
Mereciste vivir un año más.
Desearías vivir siempre y agotar
la borra de los siglos.
Tu padre murió, tu abuelo también.
En ti mismo mucha cosa ya expiró,
otras acechan la muerte,
pero estás vivo. Una vez más estás vivo.
Y con la copa en la mano
esperas amanecer.
El recurso de embriagarse.
El recurso de la danza y del grito,
el recurso de la pelota de colores,
el recurso de Kant y de la poesía,
todos ellos...y ninguno resuelve nada.
Surge la mañana de un nuevo año.
Las cosas están limpias, ordenadas.
El cuerpo gastado se renueva en espuma.
Todos los sentidos alertas funcionan.
La boca está comiendo vida.
La boca está atascada de vida.
La vida escurre de la boca,
mancha las manos, la vereda.
La vida es gorda, oleosa, mortal, subrepticia.